El socialismo democrático es la respuesta de choque contra el secuestro de las instituciones por parte de las élites corporativas. Frente a un sistema que maquilla sus crisis precarizando la vida cotidiana, la necesidad de un socialismo combativo y de masas es urgente y necesario arrancando los derechos fundamentales de las garras del mercado.
Durante décadas, la promesa de que el capitalismo podía ser «humanizado» a través de pequeños ajustes regulatorios ha servido únicamente para desarmar a las mayorías trabajadoras mientras las grandes corporaciones seguían concentrando cotas de poder. Y no porque esos ajustes no fueran en la buena dirección, sino por insuficientes y porque el capitalismo encuentra el camino para destrozarlos, ya lo decía Ernesto Guevara, ni “tantito así” te puedes fiar de él. En el contexto actual el socialismo tiene que ser combativo, de ruptura y de masas.
La premisa central del socialismo es tan simple como contundente: la verdadera democracia es incompatible con la existencia de oligarquías económicas. De nada sirve la igualdad jurídica si un puñado de fondos de inversión decide el precio del alquiler, si los gigantes energéticos imponen tarifas impagables, si las plataformas tecnológicas controlan las condiciones laborales de millones de personas, si el algoritmo manipula las intenciones de las personas, si el dinero todo lo puede, si las instituciones sirven a quien escribe la historia y no a quien la sufre, decía Camus.
Un socialismo combativo no pide permiso, aquí tenemos a Pancho Villa, se organiza, crece como fuerza colectiva, recupera el control público y social de los sectores estratégicos para subordinarlos a la sociedad. La economía se convierte en una herramienta al servicio de la vida.
El socialismo no debe mirar al pasado con nostalgia, sino que debe construir el futuro desde la base. Su fuerza no emana de los despachos oficiales, sino de la movilización popular, la solidaridad internacionalista, la convicción de que el orden actual no es inevitable y el ir una y otra vez al combate contra la injusticia en cualquier lugar del mundo.
Frente a la resignación que intenta imponer el discurso dominante y el peligro de los movimientos reaccionarios y neofascistas que canalizan el malestar hacia el odio al diferente, el socialismo debe levantar una bandera de combate clara. Frente a la barbarie del beneficio ilimitado, la única salida racional es la ofensiva socialista: recuperar todo lo robado para poner la vida en el centro de la historia y poner por delante los dos mejores lemas políticos de la historia, “libertad, igualdad y fraternidad” y “Proletarios del mundo, uníos”







