Hace ya tiempo que leemos con atención la obra de Joan Ferrán, y, más allá de sus escritos exclusivamente políticos, sus libros más literarios siempre desprenden un aire emotivo e íntimo, dónde los aspectos personales salen a la luz, pero con una cotidianeidad que nos acerca más al personaje. Esa cercanía sentimental no cae en lo melancólico, en el empalago retórico, al que otros nos tienen acostumbrado, si no que siempre mira fuera, a los ojos del lector, hablándole directamente, no evadiendo la realidad social e histórica. Así escribe Ferrán, y ello es especialmente complicado cuando se habla de la parte más recóndita del alma, de la infancia, este es el caso de “Un átomo del barrio chino”.
Siendo un libro absolutamente biográfico, escapa de ello y se convierte en algo más. Recordando y reverenciando a los mitificados Vázquez Montalban o Maruja Torres, Ferrán explora otras caras de la biografia sentimental de una época y un territorio: Pone la mirada de un niño al servicio de un historia social.
En esos tiempos de plomo nadie olvidaba lo que había que olvidar, aquellos que gritaban sus silencios mirando a las puertas. Tiempos de represión, el recuerdo frustrado de la eterna Guerra Civil. Los personajes de Ferrán son personas de carne y hueso, y su entorno familiar, los cuchicheos de “El vasco”, Paco “El canijo”, prostitutas como “La gallega” o Felisa, Encarna y Emilia, la desvalida Delfina o su cuidadora Teresa Munárriz, todos ellos son naúfragos de esa guerra incivil que debastó nuestro país: Tres guerras carlistas en el siglo XIX y una masacre en el siglo XX. Esas carnicerías son también simbolos de lo que somos y hemos sido, no cuesta ver esos ecos en el actual panorama político. El final nostágico de Joan Ferrán hace alusión a ello, tras datos rigorosos, abre una perpectiva de lo que fuímos y tal vez seremos.
Talvez sin quererlo (nunca estamos seguros de las intenciones del auténtico escritor), cada recuerdo, cada poro de descripción, nos remite a un elemento histórico, a una parte crucial de la realidad política de la época; muy sintomática es la presencia en el barrio de la Sexta Flota norteamericana. Intenta explicarnos y también explicarse a si mismo, muy en la línea biografista francesa, pero con ese algo más social, con ese regusto a Zola o Balzac; que inocente y significativa es su anédota con el”xampanyet” Pitel.lo y que tierna la compañia de su “amiguillo” Ramonet.
Pero no nos olvidemos, no perdamos el tiro, buena parte de la litúrgia teatral que Ferrán pone en el Bar Bodega Berenguer, negocio de sus padres, son sus hombres y mujeres, personas convertidas en personajes, nos trae recuerdos de “La colmena” de Cela; y del avispero del Raval, un tumulto que nos narraba González Ledesma. Todo ello le da un poso y una referencia cultural importante.
Lo que parece un paseo personal por una infancia entre callejuelas, gallinas, petotas de fútbol y su amigo Ramonet, se convierte en una historia con mayúsculas, con un trasfondo político manifiesto, todo lo claro que es para un político de raza como Joan Ferran, líder de los socialistas de Barcelona en años complejos, miembro de la dirección del PSC y diputado al Parlament en varias legislaturas.
Biografía novelada de lectura agradable y cómoda, infancia narrada desde la honestidad, sentida y meditada, con la sabiduría natural que tienen algunos.




