Protestas contra la austeridad, la precarización y la inflación en Europa hasta los estallidos sociales en América Latina configuran un escenario de profunda inestabilidad. Continuando con el análisis que propongo de análisis y proyecto histórico, es evidente que hay que hacer una lectura de lo que está sucediendo más allá de lo meramente coyuntural. Desde el análisis materialista, estos fenómenos no son anomalías ni explosiones espontáneas de descontento irracional; son la consecuencia inevitable de las contradicciones intrínsecas del modo de producción capitalista que hace tiempo comenzó a derivar hacia posiciones neoliberales hoy dirigidas por populistas peligrosos sin control.
La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, Marx dixit. Hoy, al igual que en el siglo XIX, el motor de la revuelta sigue siendo la apropiación de la plusvalía y la creciente polarización económica. Sin embargo, no podemos hablar en términos decimonónicos porque iría contra la propia esencia del análisis materialista histórico.
El capitalismo contemporáneo (financiero, globalizado y digital) ha transformado la fisionomía de las clases sociales:
El proletariado moderno: Ya no se limita exclusivamente al obrero industrial de la fábrica del XIX. Hoy incluye al trabajador de plataformas digitales, al empleado del sector servicios, al precariado cognitivo y a las masas de desempleados o subempleados que Marx denominaba el ejército industrial de reserva.
La acumulación por desposesión: Las revueltas actuales suelen detonar por el encarecimiento de la vida (vivienda, energía, alimentos). Esto refleja cómo el capital, ante la caída de su tasa de ganancia en la producción tradicional, canibaliza los derechos sociales y los bienes comunes mediante la privatización y la especulación.
La presencia de partidos de izquierda que han gobernado y gobiernan, dando lugar y defendiendo el estado bienestar inexistente antes de la Segunda Guerra Mundial.
En las revoluciones de 1848, la Comuna de París (1871) o la Revolución Rusa (1917), la concentración de los obreros en un mismo espacio físico (la fábrica) facilitaba el desarrollo de la conciencia de clase de forma orgánica. El capitalismo actual ha atomizado los centros de trabajo mediante la subcontratación y el teletrabajo. Las revueltas modernas ya no nacen necesariamente en el punto de producción, sino en el espacio público y residencial, unificando a diversos sectores precarizados bajo una misma demanda.
Las revueltas del pasado contaban con estructuras organizativas verticales y programas de transición claros orientados a la toma del poder del Estado. En contraste, los estallidos actuales sufren a menudo de horizontalidad. Esto dificulta que el Estado identifique a sus líderes; presenta una debilidad, la falta de una estrategia de poder a largo plazo, sin más objetivo que la satisfacción de la demanda. Movimientos espontáneos que corren el peligro de ser instrumentalizados por sectores que nada tienen que ver con lo demandado, pero que son capaces de transmutarse para aprovechar el impulso mediático y social. Al mismo tiempo que generan, irremediablemente, la reacción contraria.
Las revueltas actuales demuestran que el capitalismo es incapaz de ofrecer estabilidad y bienestar a la mayoría de la población mundial. La chispa puede ser el aumento de la tarifa del transporte, un nuevo impuesto, la vivienda, las pensiones o la pérdida de un derecho laboral, pero el combustible subyacente sigue siendo la explotación de la fuerza de trabajo.
La diferencia fundamental entre las revueltas actuales y las revoluciones históricas exitosas no radica en la intensidad de la rabia social, sino en el nivel de organización. Por eso siguen siendo imprescindibles las organizaciones fuertes, con proyecto y objetivo, únicas que pueden enfrentarse y transformar el sistema. Para el socialismo, el es transformar la revuelta espontánea en una organización política consciente capaz no solo de protestar contra los excesos del capital, sino de reformarlo con un solo objetivo: el bienestar humano.








