En el hemiciclo del Congreso de los Diputados tuvo lugar el homenaje a Pau Casals, el violonchelista universal, a 150 años de su nacimiento y el Día Internacional de la Paz, que, por cierto, también es pau. Sin embargo, la música, además del enorme, inmenso mensaje humanista del maestro, contrastó con algo lamentable: la ausencia de la derecha española y catalana, además de la impresentable extrema derecha.
El Matteo Goffriller de 1733, el violonchelo que le acompañó durante más de sesenta años, sonó en la sede de la soberanía popular, donde hoy se insulta, se menosprecia y se exhiben armas. Junts per Catalunya no estaba porque dijeron que «omitía el compromiso inequívoco» del músico con Cataluña y aduciendo que no se celebrara íntegramente en catalán. Se me ocurren muchos comentarios, pero tiraré del ya consabido argumento socrático: «idiotez». Ya sabemos que están a punto de convertirse en «Plataforma per Catalunya», pero alguien debería decirles que ya está bien de hacer el ridículo, porque, además del compromiso con Catalunya, Pau Casals tuvo algunos más y, que me perdonen, más universales, porque lo que no practicó nunca fue la mezquindad de mirarse el ombligo. Además, estaba el president Illa, y alguien que seguro consideran mucho: el abad de Montserrat. Pero no se les puede pedir más; han de estar perpetuamente cabreados con el mundo.
Casals plantó cara al fascismo, rechazó tocar en la Rusia estalinista por convicción democrática y llevó el orgullo de su identidad catalana ante las Naciones Unidas con su eterno «I am a Catalan». Junts demostró no haber entendido absolutamente nada del legado del músico. La concordia y la fraternidad no se ajustan milimétricamente al manual de propaganda nacionalista.
Y la derecha, representada mínimamente para que no se diga, y la ausencia de la extrema derecha. Simplemente una cuestión. Pau Casals murió a los 96 años en Puerto Rico, en 1973, dos años antes que el dictador. Ni vio el retorno de la democracia ni tuvo que esperar a estar muerto para ser repatriado a su Vendrell natal. No tuvo descendientes, pero, de haberlos tenido, los mismos que disfrutaron de la victoria y de las bondades de la democracia les negarían su nacionalidad y sus derechos. ¿Cómo iban a estar en el acto de homenaje a un exiliado?
Las ausencias solo sirvieron para retratar a quienes las protagonizaron. El violonchelo volvió a sonar en las Cortes Generales. En 1946, Casals tomó la firme decisión de no volver a tocar públicamente en los países aliados como acto de protesta política, motivado por la profunda decepción que sintió hacia estas potencias democráticas por no restaurar la democracia en España. Casals llegó a rechazar doctorados honoris causa de Oxford y Cambridge. Esta estricta regla solo tuvo contadas excepciones tiempo después, bajo condiciones muy claras. El Festival de Prades. Forzado por sus propios compañeros músicos, con una condición: tocar en la localidad francesa de Prades, su exilio, obligando al mundo a ir allí a escucharle. En Nueva York, en las Naciones Unidas, en 1958 y 1971, porque consideraba que la sede de la ONU era territorio neutral y donde se debía defender la paz mundial. Y la Casa Blanca, en 1961, con John F. Kennedy como presidente, en quien veía a un líder auténticamente demócrata y comprometido con los derechos humanos y la cultura. Así era Pau Casals, cuyo nombre y música han puesto de manifiesto la mezquindad de una derecha que, sin duda, le volvería a mandar al exilio.








