Hace exactamente 450 años (1576) se publicó un opúsculo que todavía conserva una vigencia inquietante: ‘Discurso de la servidumbre voluntaria’, de Étienne de La Boétie —subtitulado: ‘Contra el Uno’—. Su autor, de apenas veinte años, planteó una pregunta que nunca antes se había formulado tan directamente: ¿por qué obedecemos? No se planteó cómo el poderoso se impone, sino por qué nos sometemos a él por propia voluntad. Es la diferencia entre ser víctimas del poder o cómplices de él. Entre que nos encierren en una jaula, o que seamos nosotros mismos los que nos encerremos en ella pensando que nos protege.
No parece que nos hayamos zafado de esta servidumbre. Y en ello —y no en el posible asalto de un totalitarismo exterior— reside la verdadera fragilidad de nuestras democracias. Porque nos hemos acostumbrado a renunciar a nuestro sentido crítico, y a pensar con libertad.
La política contemporánea no ha inventado estas servidumbres, pero las cultiva con eficacia en sociedades cada vez más polarizadas y mediatizadas. Europa y Occidente padecen este virus contagioso y transversal. No hay que mirar solo a un lado del espectro. Tanto la derecha extrema —Le Pen, Abascal, Trump, Netanyahu y algunos nacionalismos irredentos— como ciertos populismos de izquierda —por ejemplo, Maduro, Delcy Rodríguez y Evo Morales en América Latina— comparten la misma sintaxis: se acepta que sólo el Líder sabe lo que el pueblo quiere; que la disidencia es una traición; y que los adversarios son los auténticos enemigos. Pueden variar las caras y las latitudes, pero la arquitectura de la sumisión, no.
¿Qué proponía La Boétie para salir de la trampa de la sumisión voluntaria? No un programa político, sino algo más sencillo y exigente: avanzar al unísono en la igualdad y en la fraternidad. Igualdad, porque asegura las libertades de todos. Y fraternidad, porque promueve relaciones horizontales y recíprocas. Solo avanzando en estas líneas se consolidan las democracias. Mientras los liderazgos abusivos prefieren sociedades divididas, las democracias exigen solidaridad. Y mientras aquellos buscan individuos dóciles, las democracias necesitan personas críticas.
No hay ideal más humano y, a la vez, más subversivo que ese. Como tampoco hay mejor vacuna contra la servidumbre voluntaria y la antidemocracia que negarse a sacrificar la libertad de pensamiento a la prepotencia del Uno.
Hace 450 años, La Boétie nos dejó planteada la pregunta. Hoy, sin embargo, cada uno de nosotros y entre todos, preferimos no responderla, y permanecer en la blanda servidumbre del silencio crítico.






