Antes de la pausa veraniega un artículo y una recomendación y es que hay libros que aspiran a explicar el mundo. Y hay otros, más incómodos, que llegan para desbaratar las certezas que algunos consideran tener. Cosas que últimamente se oyen muchas como que no es verdad que los jueces tengan ideologías, que no hay un intento de tumbar al gobierno o que al Peinado de turno no le guía otra cosa que la justicia. El fascismo nunca ha estado muerto, de Luciano Canfora, pertenece a esta segunda categoría.
La tesis que sostiene el italiano, maestro de historiadores, es tan sencilla como inquietante: el fascismo no terminó en 1945, ni desapareció con los juicios de Núremberg. La idea de que fue enterrado tras la caída de Berlín, forma parte, según Canfora, de uno de esos relatos tranquilizadores con los que las sociedades modernas prefieren contemplar su pasado. Frente a esa visión, el autor propone mirar la historia sin complacencias y reconocer que el autoritarismo ha sobrevivido, adaptándose a nuevas circunstancias y adoptando formas distintas. Y en España sabemos mucho de eso ya que lo nuestro no finiquitó en 1945.
Canfora describe la continuidad histórica. No habla únicamente de los regímenes fascistas del siglo XX, sino de las condiciones culturales y sociales que hicieron posible su nacimiento. En este sentido, se aparta de la interpretación que presenta el fascismo como una simple reacción contra la modernidad. Seguidor de la tradición crítica de Gramsci (un día, si la actualidad deja, prometo escribir sobre el gran pensador italiano) lo considera un fenómeno profundamente arraigado en la propia historia de las sociedades de masas occidentales.
Se rastrea las semejanzas entre el fascismo histórico y ciertas expresiones contemporáneas del llamado posfascismo, no para afirmar identidades mecánicas, sino para señalar persistencias, ecos y herencias ideológicas que sobreviven bajo nuevos lenguajes políticos que a todos suenan. El autor observa cómo las sociedades debilitadas por la fragmentación social, la incertidumbre económica y la pérdida de referencias colectivas pueden convertirse en terreno fértil para discursos excluyentes y proyectos de hegemonía cultural. El fascismo no regresa vestido con la camisa negra, parda o azul, regresa, con ropas nuevas y un vocabulario actualizado.
El libro, noventa página, no tiene largas digresiones académicas ni exhibiciones eruditas destinadas. Hay, en cambio, una voluntad de intervención intelectual y mucha sabiduría puesto que Canfora no pretende cerrar el debate, sino abrirlo. Provoca reflexionar sobre la naturaleza de nuestras democracias y sobre la facilidad con que las sociedades olvidan aquello que produjo algunas de las tragedias políticas más graves de la historia contemporánea.
Canfora nos recuerda que las ideologías raramente mueren de forma definitiva. A veces se repliegan, esperan, cambian de nombre y regresan. El verdadero desafío consiste en reconocerlas antes de que vuelvan a parecer inevitables.
Y no me resisto a transcribir un fragmento que seguro sonará: “Por lo tanto, es legítimo alarmarse cuando observamos que se repiten los siguientes comportamientos: intimidar a partidos contrarios con acusaciones inverosímiles o a opositores individuales con aluviones de querellas, deslegitimar los órganos de control, demonizar a gobiernos anteriores anunciando comisiones de investigación de manera constante monopolizar la información proyectando la posibilidad de derribar el orden constitucional”
¿A qué resulta familiar?
Buen descanso estival.




