L'Endavant. Altaveu dels i les socialistes de Catalunya

La respuesta a la revolución reaccionaria

La revolución reaccionaria está en marcha
  • José Manuel Pérez Tornero

    Director de l'Endavant!
    Catedràtic emèrit de Periodisme per la UAB.
    Expresident de la Corporació de RTVE.
    Coordinador el Programa de la UNESCO Media and Information Literacy and Intercultural Dialogue.
    Director de la Cátedra UNESCO Media and Information Literacy and Quality Journalism.

Basta con mirar lo sucedido en las últimas semanas para cerciorarnos de que la revolución reaccionaria está en marcha.

El presidente de EE. UU., Donald Trump, mediante lo que él mismo llama una “bella ley” y haciendo el papel de un Robin Hood invertido, suprime impuestos a quienes más tienen y deja sin cobertura médica y social (Medicaid/Medicare) a quienes apenas poseen nada. Mark Rutte —por cierto, muy bien pagado y convenientemente humillado—, en la cumbre de la OTAN, ha representado el papel de vasallo ante el comandante en jefe de EE. UU. y ha logrado abrir la puerta al mayor gasto militar de la historia de la humanidad. Si los países de la OTAN gastan en la actualidad aproximadamente un 2,2 % de su PIB en armas —es decir, 1 506 000 millones de dólares—, muy pronto pasarán a gastar un 5 % —es decir, 3 423 000 millones de dólares—. Nada menos que un incremento del 127 %.

Al mismo tiempo, la mayoría de los jefes de Estado europeos —y no solo de la UE— empiezan a dar muestras de estar encantados con esa nueva especie de keynesianismo militarista que trata de presentarse como un nuevo New Deal, y que ha abierto paso a la mayor inversión en armas destructivas (masivas y personalizadas) que haya conocido jamás la historia de la humanidad. El primer ministro laborista británico, Keir Starmer, se muestra ufano al redescubrir que su país posee la bomba atómica, uno de los ejércitos más fuertes de Europa y una industria militar perfectamente articulada con la de EE. UU., y alardea —sin manifestarlo explícitamente— de ser el portaaviones norteamericano en el viejo continente.

Por otro lado, Macron —aislado y casi agotado— parece revivir sueños de grandeza militar, mostrando su disposición a actuar con los británicos en cualquier escenario bélico —Ucrania y Oriente Medio—. Eso sí, a costa de asistir, entre perplejo y entusiasmado, a una notable pérdida de posiciones de su país en África y a un rearme alemán que ninguna tradición francesa —ni gaullista ni izquierdista— hubiera aceptado jamás.

Por si fuera poco, en este escenario tan vitalista en lo que a industria militar se refiere, Naciones Unidas —pese al inteligente liderazgo de su secretario general, António Guterres— escenifica su languidez y sus insuficiencias en su Conferencia de Sevilla sobre cooperación. Los países grandes —EE. UU. y China— ni se han molestado en asistir, y los pequeños apenas logran un avance significativo en un sistema cooperativo que no consigue, desde hace muchos años, alcanzar el 0,7 % de inversión del PIB de los países desarrollados.

¡Qué contraste tan vergonzante entre el 5 % destinado a armas y el 0,7 % destinado a cooperación!

Ninguna duda: la revolución reaccionaria está en marcha. Una revolución que tiene muy claros sus principios y objetivos.

Un neoliberalismo fiscal que significa que los ricos no paguen casi impuestos y que los pobres no tengan casi ninguna cobertura social (ni ayuda médica ni ningún otro tipo de protección). Un nacionalismo cultural egoísta, que defiende que la propia Nación pase siempre por delante del resto, acompañado de un neotribalismo identitario que tiene como enemigo a todo lo que sea extranjero: inmigrantes, diversidad cultural, alteridad… Y, finalmente, un autoritarismo rampante que se expande capturando las instituciones: primero, el poder ejecutivo y el legislativo; luego, el judicial; y, a continuación, todas las instituciones independientes. En este sentido, lo que ha sucedido en EE. UU. con Trump en los últimos tiempos ha sido toda una muestra.

Pero la revolución reaccionaria ya no se presenta, como en sus inicios, como un movimiento nostálgico del pensamiento conservador ni como una resurrección de los viejos fascismos e imperialismos. Se ha constituido como un movimiento transnacional, con seguidores y apoyo de élites en muchos países, con gobiernos y partidos que actúan perfectamente coordinados, y haciendo alarde de una ingeniería social plenamente moderna.

Un movimiento aupado por los señores feudales de la tecnología —cuya base principal es Silicon Valley—; por los plutócratas de buena parte del mundo —que, aunque representan solo el 2 % de la población del planeta, poseen más riqueza que el 98 % restante—; y por los políticos populistas —de derechas y/o de izquierdas— que se presentan como los únicos salvadores del mundo: ya sea porque se ufanan de desmantelar el Estado, de someterlo a sus propias redes mafiosas o de secuestrarlo en el militarismo más extremo.

La revolución reaccionaria constituye el vendaval más poderoso y eficaz que se ha conocido en los últimos tiempos para subvertir los sistemas democráticos en todo el mundo.

Ante esta revolución, los demócratas de todo el mundo, los sindicatos, los movimientos sociales y las instituciones forjadas a la luz de las revoluciones liberales en Occidente no tienen más remedio que dar la batalla: recuperar sus ideas y sus ideales, e insistir en sus principios fundamentales, sus prácticas y sus valores.

A las cámaras democráticas hay que devolverles su sustancia y sus tiempos, su función representativa y deliberativa. La democracia representativa y parlamentaria no debe abandonarse a la mediatización de la esfera pública. Los programas de tertulia, las cadenas infoxicadoras, los predicadores audiovisuales y los influencers mafiosos —por muchas audiencias que consigan y por mucho alboroto que generen— no pueden nunca sustituir ni suplantar a la discusión parlamentaria.

Los partidos políticos deben recuperar su auténtica función como plataformas de participación política. No deben renunciar a ser partidos de afiliación amplia. Deben abandonar la tentación de convertirse en partidos de electores, de primarias plebiscitarias o en correas de transmisión de los liderazgos de turno. Por el contrario, deben aspirar a ser espacios de debate y contraste de ideas, de crítica y de control; capaces de activar nuevas propuestas y movilizarse para entrar en contacto con la ciudadanía, siempre abiertos a los movimientos sociales y a las aspiraciones de las mayorías.

Los sindicatos deben volver a agrupar a los trabajadores y trabajadoras en la defensa activa de sus intereses. Pero tienen que actualizarse y transformarse en función del nuevo contexto social. Deben dejar atrás la nostalgia de las antiguas fábricas y entregarse plenamente a un nuevo campo de confrontación laboral: el que se da entre quienes no tienen empleo y lo buscan desesperadamente, quienes sobreviven con trabajos precarios que apenas alcanzan para vivir, y quienes creen que el trabajo sigue siendo una herramienta de estabilidad y progreso social, sin pretensiones de convertirse en capitalistas explotadores.

La ciudadanía, por su parte, debe recuperar su conciencia crítica y participar activamente en política. Debe abandonar su entrega absoluta al Estado espectáculo, esa fascinación por los medios y las redes sociales que conduce a una especie de letargo intelectual paralizante. Ha de recuperar la lucidez, la voluntad de comprender lo que sucede a su alrededor. Debe volver a confiar en el pensamiento crítico, en el análisis riguroso, en la información contrastada y en el diálogo democrático. Debe romper con la lógica de la inmediatez emocional que imponen las plataformas digitales y resistirse a la superficialidad política de los algoritmos.

Es urgente reconstruir una cultura política que premie la reflexión por encima del escándalo, el compromiso por encima del espectáculo, la inteligencia colectiva por encima del ego viral. Solo así podrá enfrentarse con garantías al proyecto reaccionario que se expande por el mundo. Solo así podrá defender una democracia que no sea una simple fachada institucional, sino una práctica cotidiana de participación, justicia social y pluralismo real.

Si no lo hace, la revolución reaccionaria encontrará el camino despejado para consolidar su hegemonía y redefinir —desde arriba y sin resistencia— las reglas del juego político, económico y cultural de nuestro tiempo.

La defensa de la democracia no es tarea de una élite política, ni de una minoría ilustrada, ni de ninguna vanguardia ideológica. Será obra —si ocurre— de una ciudadanía despierta, organizada, exigente y comprometida; porque, como demuestra la historia, las democracias no suelen morir de golpe: se vacían poco a poco, cuando se extingue el sentido crítico y la mayoría se abstiene de toda participación mientras observa en silencio.

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