¿Qué dice el ponente del Tribunal Supremo que ha conseguido que se suspenda el derecho de voto de los nacionalizados por la llamada Ley de Nietos, admirador irredento y deseoso de que Feijóo llegue a la presidencia del Gobierno (lo dijo en esa reunión de fiscales con el líder del PP)? Pues que hay peligro de que se produzca en las elecciones un resultado no deseado por los españoles… ¡Toma ya!
Hay tres opciones. La primera, es imbécil, siempre en sentido socrático (y me amparo en la reciente sentencia del Tribunal de Madrid que ratifica que ser insultado o vejado forma parte de las servidumbres de ser alguien notorio y que, con tu pan, te los comas). La segunda, es mala persona, porque, pudiendo ir a sentarte a un parque, te dedicas a ver cómo puedes fastidiar al personal. Y la tercera, me ha recordado a la huevería del mercado al que voy, donde hay un letrero que pone «huevos gordos».
Esto lo tengo que hacer algunas veces en clase cuando se dice una tontería, pero, claro, estoy hablando de personas de 16 y 17 años a las que hay que corregir de manera educativa y solvente para que se den cuenta de lo que han dicho o hecho y no reincidan. Pero, claro, un señor que ha sido fiscal y ahora es miembro del Tribunal Supremo no sé yo si estará por la labor. Porque vamos a ver: ¿cómo se puede escribir semejante majadería? Para empezar, ¿qué significa «resultado no deseado por los españoles»? Que hay un resultado deseado que otros españoles, votando, pueden alterar. Señor magistrado, se llama democracia. De lo escrito por el susodicho se deduce que los resultados en España de las elecciones algunas veces no han sido los deseados, cuando gana el PSOE, por hablar claro. Por lo tanto, en su lógica deductiva, aireada en los últimos cuatro años, gobiernos ilegítimos que llegaron por extrañas maniobras. ¿Los deseados? Pues ya saben.
Pero sigamos con la frase, que tiene más miga. Según él, que un nacional con derecho a voto vote va contra el resultado deseado por los españoles; luego, el que va contra ese deseo no debería ser español. Esto ya nos pasó cuando, al terminar la Guerra Civil, los exiliados dejaron de ser españoles y se los dejó a su suerte. Claro que seguro que, para este individuo, lo de la victoria fue la manera más directa de que se impusiera el deseo de los españoles —de bien, claro, que los rojos ya se sabe—.
Yo pensaba que eso del deseo —nunca se me había ocurrido llamarlo así— era el recuento de votos, pero ahora se ve que hay votos indeseables. Propongo a los magistrados que lancen la idea de que, en el recuento, se separen los votos entre deseables e indeseables. Les resultará más rápido.
¿A que resulta absurdo? Pues un ponente del Supremo ha convencido al resto, seguro que sin esfuerzo, para que asuma la tesis: gente que se supone leída y estudiada. Hay una excepción: el voto particular de una jueza que dice que a un español no se le puede negar el derecho a voto. Pero, claro, sus compañeros deben de estar pensando: «Mujer tenía que ser, que está por las cosas mundanas y no por salvar a la patria». Ya saben aquello de que, si en una mesa de diez hay un nazi que dice lo que le da la gana sin que nadie diga nada, hay diez nazis.
¿Qué dice una balbuceante, de cabeza gacha y con errores continuos al leer, Isabel Perelló, presidenta del Tribunal Supremo? Que debería ser delito criticar a los jueces y decir que intervienen en política. Dejo de escribir, que me ha entrado un ataque de risa.








