Hay quien niega hasta lo más mínimo. Lo elemental: el silencio y el recogimiento con que, en cualquier circunstancia, se muestra respeto a cualquier muerto.
Maricarmen, anciana, enferma y desahuciada de su casa. Murió en un hospital. Sin haber podido regresar a su hogar.
Su desahucio, desproporcionado y abusivo, la ha convertido en un símbolo de denuncia contra la especulación inmobiliaria y de otras muchas vulnerabilidades. Ha generado durante días, y lo seguirá generando, un ruido mediático ensordecedor e inevitable. Un estruendo necesario y culpabilizador.
Ahora, su fallecimiento —desarraigada y desterrada de su hogar— no dejará de golpear nuestras conciencias. Como un golpe sordo, de fondo, que lo acalla todo.
Esta historia merece silencio y reflexión. De todos y en todas sus dimensiones.
Por razones cívicas. Para hacer un examen de conciencia y mantener un mínimo sentido crítico, o para que tenga que rendir cuentas todo aquel a quien le corresponda; que son muchos. Pero, sobre todo, para concentrarnos en nosotros mismos y percibir, con toda su crudeza y crueldad, nuestra propia impotencia.
Silencio, también, por muchas otras razones, más humanas, sencillas y humildes.
Por empatía, si no por la fraternidad más elemental con cualquier ser humano que sufre y se va. Por permitir un mínimo y saludable reflejo de arrepentimiento, por ligero que sea: por no haberla socorrido, por no haberla oído, por haberla desatendido. O por haber sido simplemente espectadores.
Todos tenemos algo que preguntarnos. Y ahora nos toca callar. Silenciarnos.
Y, sin embargo, hay quien niega hasta lo más mínimo. Lo elemental: el silencio y el recogimiento con que, en cualquier circunstancia, se muestra respeto a cualquier muerto. Aunque sea un solo minuto; aunque el silencio solo sea un gesto.
Pero ni eso. Ni siquiera eso.
Me pregunto si no será porque algunos no pueden (o no quieren) reconocer un hecho civil y humano básico: que todos somos iguales, sobre todo ante la muerte. Una muerte que nos llegará a todos. Y a todos y cada uno nos convertirá en poca cosa.
Pues ni eso.
Enlace al artículo original publicado en EL PERIÓDICO






