L'Endavant. Altaveu dels i les socialistes de Catalunya

Una ruta de lectura desde la izquierda

Una ruta de lectura desde la izquierda
  • José Manuel Pérez Tornero

    Director de l'Endavant!
    Catedràtic emèrit de Periodisme per la UAB.
    Expresident de la Corporació de RTVE.
    Coordinador el Programa de la UNESCO Media and Information Literacy and Intercultural Dialogue.
    Director de la Cátedra UNESCO Media and Information Literacy and Quality Journalism.

Cualquier tradición política debería, de vez en cuando, dejar de mirar al adversario y mirarse a sí misma. Y si es posible con la misma dureza -y, ojalá, con menos impulsividad de la que solemos. Sobre todo, si se reivindica como izquierda.

No es autocrítica: es, sencillamente, pensar serena, lúcida y libremente. Sin falsa autocomplacencia. Sin analgésicos ni anestesias mentales.

La socialdemocracia europea lleva ya varios ciclos electorales haciendo este ejercicio. Pero a la fuerza. Y empujada por la precipitación de unas urnas en declive más que por una introspección voluntaria —que, en general, suele llegar tarde y con retórica propia de congreso; o sea, coyuntural.

El panorama socialdemócrata —aunque cueste reconocerlo— es, más o menos, el siguiente. En Alemania encadena derrota tras derrota: 16,4% en 2025, el peor resultado de su historia; y cuando gobierna lo hace de modo desvaído, en una gran coalición que reúne el menor respaldo electoral que se recuerde.

En Francia, el candidato socialista (cuando lo hay) —pese a haber ensayado miles de combinaciones— obtuvo en 2022 el 1,75%: décimo puesto, por debajo incluso del umbral que da derecho a que le devuelvan los gastos de campaña.

En Portugal, el partido de Soares ha caído al tercer lugar del Parlamento por primera vez desde 1974, superado por la ultraderecha de Chega. En Italia, tras sucesivas escisiones y refundaciones, se ha optado por tomar prestados gestos del radicalismo de izquierda: el Partido Democrático ha subido del 19% al 24%, pero nadie sabe si eso es una estrategia, una rendición o una pirueta forzada.

Quedan España y Dinamarca, la excepción que, como casi todas las excepciones, corre el riesgo de confirmar la regla: los socialdemócratas daneses siguen gobernando, sí, con el peor resultado que han obtenido desde 1903.

Y mientras tanto, en Estados Unidos y en algunos ayuntamientos, una izquierda que se sabe minoritaria —que funciona con ayudas de ONG— gana cierta visibilidad en zonas urbanas, y alguna capacidad de erosión, pero con escaso ejercicio de gobierno.

Digámoslo sin la cortesía habitual: la socialdemocracia se ha desgastado y a la vista está. Y la nostalgia ya no da para más.

¿De dónde viene este desgaste?

Hablando directamente y procurando no perder la perspectiva. En primer lugar, por sus propios errores: veleidades neoliberales con la Tercera Vía, complacencia con el capitalismo financiero, incapacidad para sostener el estado de bienestar que contribuyó a crear, y desorientación ante el nuevo ecosistema tecnológico y mediático, y geoestratégico. Aunque tampoco hay que olvidar su anquilosamiento organizativo y una cierta incapacidad para frenar la corrupción propia.

En segundo lugar, por la presión de populismos de todo signo (no solo el que más ruido hace en la prensa amiga): socialismo del siglo XXI, estrategia antisistema, identitarismos varios; y, lógicamente, el populismo de derecha que pretende una revolución cultural.

Y, en fin, pero sin acabar la cuenta: por el desprestigio endémico y sistemático de las propias instituciones, las democráticas, que ayudó a establecer tras la posguerra en una Europa en reconstrucción. O sea, los partidos, los sindicatos, los parlamentos, el poder judicial, las estructuras federales, la radiotelevisión pública, la seguridad social, etc. Todas ellas no alcanzan actualmente el aprobado de la opinión pública. En gran parte, porque unas instituciones se han dedicado a laminar la reputación de las demás.

Y el desgaste reputacional e institucional no es asimétrico en el plano ideológico, sino completamente paralelo: la derecha conservadora clásica se hunde por las mismas fechas, arrastrada muchas veces por los partidos que decía poder contener sin ensuciarse.

Con todo lo cual, se extiende la sensación de que es el entero sistema —incluso la alternancia que este permitía hasta ahora— lo que está en declive.

En estas circunstancias, si nadie corrige el rumbo y con firmeza, lo que viene no es una ruptura apocalíptica con una fecha anunciada sino algo más aburrido pero más grave: un declive lento de la calidad democrática y del Estado de derecho, hecho de pequeñas erosiones, que nadie consideraría nunca que son fatales por sí mismas, pero que en conjunto pueden ser letales.

Insisto, no es un fenómeno de causa única.

Despachar llamando «populismo» a todo lo que inquieta es la forma más cómoda —y más inútil— de no entenderlo. Focalizar solo en el peso de la extrema derecha y en un pretendido retorno del fascismo, tampoco. Todo es más complejo, y, como en todo juego de fuerzas: el adversario no prosperaría si nosotros no hubiéramos perdido fuerza proporcional en un contexto determinado.

Pero no se trata —antes de un verano, cargado de tiempo de descanso y recuperación— de consolidar diagnósticos ni de ofrecer recetas. Lo que pretendo es solo una invitación —con cierto aire de provocación— a recuperar la ambición de pensar libre y críticamente. Esto no hace daño —ni siquiera en verano— y vendrá bien para el otoño.

Por eso, antes de estabilizar nada, aquí van unas cuantas propuestas de lecturas —algunas actuales, otras clásicas— para un brainstorming saludable, un poco de ejercicio mental. Lecturas que, por cierto, tratan de plantear algunas preguntas para responder otras.

¿Por qué la moderación —tan socialdemócrata de siempre— se ha quedado sin territorio en la actualidad?

Para iniciar las preguntas y las respuestas, propongo la lectura de un clásico moderno. Peter Mair, politólogo irlandés muerto en 2011, doctorado y catedrático en Leiden y llegado al final de su carrera al Instituto Universitario Europeo de Florencia, dejó escrita en Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy (Verso, 2013), una tesis que hoy suena a profecía cumplida: los grandes partidos se han vuelto tan parecidos entre sí y tan alejados de sus bases que ya no sostienen la legitimidad que decían representar.

Mair no escribe desde la nostalgia —no le daba tiempo: el libro quedó inacabado sobre su mesa y hubo de ordenarlo un amigo, Francis Mulhern—, sino desde el diagnóstico frío de quien llevaba media vida estudiando partidos por dentro.

Ese vaciamiento tiene hoy un nombre técnico y un padrino español. Ignacio Sánchez-Cuenca, catedrático de la Carlos III, lo llama «desintermediación» en El desorden político. Democracias sin intermediación (Catarata, 2022): la desaparición de los filtros que antes traducían el malestar social en propuesta política más o menos digerible. Y conviene subrayar cuáles son esos filtros, porque él los cita sin ambages: los partidos y los medios. Cuando ambos fallan en su función intermediadora, las democracias se desordenan.

No es, pues, «otro tema»: la polarización mediática no acompaña a la política, la constituye.

Sin esos filtros, el malestar circula en bruto, y se intensifica: de ahí a la polarización hay un paso muy corto. Una polarización que ha migrado desde la ideología hasta la sentimentalidad —los especialistas la llaman afectiva, y aunque el término sea correcto (los afectos incluyen el asco y el odio), a mí me sigue pareciendo que de afecto tiene poco, y de banalidad pasional, mucho—.

Sobre este crecimiento múltiple de las polarizaciones ya existe un pequeño corpus español que cualquiera debería leer antes de opinar sobre «los extremos» en una sobremesa.

Lluís Orriols distingue en Democracia de trincheras (Península, 2023) entre el votante racional y el votante identitario —el que evalúa lo que hizo el gobierno frente al que simplemente dice «soy socialista» y siente los colores aunque el equipo vaya último—. Y sostiene, con datos y no con intuición de tertulia, que la democracia los necesita a los dos, aunque su desequilibrio la esté envenenando.

Aprovechemos para llevar la idea un paso más allá, hacia las tribus: sectarias, pasionales, hijas del postureo y de la marginación, pero sobre todo narcisistas. Ya lo vio Christopher Lasch en 1979: el narcisismo es hoy un valor en alza, y sostiene por igual el individualismo consumista, el hiperliderazgo político y la fragmentación tribal de las estructuras de representación.

Mariano Torcal, catedrático en la Pompeu Fabra, aporta en De votantes a hooligans (Catarata, 2023) el aparato empírico más sólido que existe hoy en español sobre polarización afectiva, y su conclusión es incómoda precisamente porque es sencilla: el problema no es que discrepemos más, es que hemos empezado a detestarnos con entusiasmo, organizados en lo que él llama megaidentidades partidistas que acaban erosionando la confianza en las instituciones y el aprecio por la democracia misma.

Luis Miller completa el cuadro en Polarizados. La política que nos divide (Deusto, 2023) señalando dónde prende la mecha: el desempleo y la desigualdad son el caldo de cultivo, pero son los propios partidos quienes atizan deliberadamente la división.

Y Fernando Vallespín cierra el círculo en La sociedad de la intolerancia (Galaxia Gutenberg, 2021): la falta de respeto hacia quien no piensa como uno ya no es un síntoma de la crisis democrática, sino una de sus causas activas, alimentada día a día.

Falta, sin embargo, la pregunta que ninguno de estos libros responde del todo.

Porque este vaciamiento de las estructuras de mediación no habría sido posible sin otro vaciamiento paralelo y anterior: el de la propia sociedad. Hace un cuarto de siglo, Robert Putnam —politólogo y sociólogo de Harvard— contó en Bowling Alone (2000; Solo en la bolera, Galaxia Gutenberg, 2002) cómo los norteamericanos habían dejado de reunirse: menos asociaciones, menos parroquias, menos sindicatos, menos ligas de bolos. Se evaporaba el capital social, ese tejido invisible sobre el que descansaba todo lo demás.

Una década más tarde, Sherry Turkle describió en Alone Together (2011) la fase siguiente: no ya el abandono de la comunidad, sino su sustitución por un simulacro. Esperamos más de la tecnología y menos los unos de los otros, escribió; acumulamos contactos y perdemos conversación.

Y aquí está la paradoja que lo explica casi todo, y que estos autores rara vez ponen juntos sobre la mesa: la afiliación se desploma exactamente cuando la identificación se inflama.

Putnam describe gente que se retira; Torcal, gente que se funde en identidades incandescentes. No es una contradicción: es la misma herida vista por sus dos bordes. Nos hemos quedado sin las mediaciones que templaban el conflicto y nos sobran las pertenencias que lo encienden. Militamos menos que nunca y odiamos más que nunca.

Los partidos se vacían, sí. Pero se vacían dentro de sociedades que llevan cuarenta años vaciándose por dentro, y ninguna reforma electoral, ninguna ley de partidos, ningún relevo generacional en las cúpulas devolverá la mediación a un cuerpo social que ha desaprendido a reunirse.

A escala internacional, Roberto Foa y Yascha Mounk abrieron el campo con sus artículos sobre «desconsolidación democrática» en el Journal of Democracy, y Mounk lo amplió después en El pueblo contra la democracia (Paidós, 2018): el apoyo ciudadano a la democracia lleva dos décadas debilitándose en todo Occidente, no solo donde el populismo hace más ruido.

Ivan Krastev y Stephen Holmes, en La luz que se apaga (Debate, 2019), añaden un razonamiento que debería inquietar a cualquier europeísta: buena parte del malestar antiliberal en el Este —y, por extensión, en otras periferias— nace del resentimiento hacia una imitación del modelo occidental que nunca terminó de sentirse propia. Imitar no siempre convence al que imita.

Y hay una pieza muy reciente que conecta ese vaciamiento con el terreno de la verdad compartida: Máriam Martínez-Bascuñán publicó en 2025 El fin del mundo común: Hannah Arendt y la posverdad (Taurus). Su tesis, apoyada en Arendt, es que los «hechos alternativos» no destruyen la verdad —que nunca fue, en política, un valor absoluto— sino el mundo común que hacía posible discutirla; sin esa base compartida, la pluralidad deja de ser debate y se convierte en dos monólogos que se ignoran con educación.

Por qué la corrupción no es un escándalo, sino un síntoma

Pero hay más que el vaciamiento y la desintermediación. La pérdida de valores institucionales se relacionan directamente con el desprestigio que supone la corrupción.

Aquí toca abandonar el reflejo de tratar cada caso como una anomalía aislada, un «manzana podrida» que cae del árbol de vez en cuando: hablamos de la corrupción instalada en el sistema, congibierne quien gobierne.

Joaquim Bosch, magistrado, y Fernando Jiménez, catedrático en la Universidad de Murcia, acaban de publicar La corrupción en España: un problema enquistado (Tirant lo Blanch, 2026), donde sostienen —de Matesa al caso Koldo, pasando por Bárcenas— que la corrupción española no es una sucesión de escándalos, sino un problema estructural que sobrevive a cualquier régimen y a cualquier color político, y que solo se combate despolitizando la Administración y los organismos de control, no cambiando de siglas en el Gobierno. Es, probablemente, la lectura más incómoda de toda esta lista para cualquier partido tradicional, y por eso mismo la más necesaria: la pérdida de prestigio institucional no le llega a la socialdemocracia solo de fuera, del populismo que la acosa, sino también de dentro, de su propia gestión del poder cuando lo tiene.

El eje que falta: cómo se forman las creencias y circula la información

Aquí está, con toda probabilidad, el agujero de este texto si se quedara en las lecturas recomendadas. Se puede hablar de partidos, ideologías, economía, tecnología y clima sin decir nada, en realidad, de cómo piensa hoy el ciudadano que vota todo eso. Y ese es, quizá, el asunto central del siglo: no solo quién representa a quién, sino cómo se fabrica una creencia política antes de que llegue a la urna. En definitiva, cómo pensamos.

Daniel Kahneman, premio Nobel, mostró en Pensar rápido, pensar despacio (Debate, 2012) que la mayoría de nuestros juicios —también los políticos— los produce un sistema mental rápido, intuitivo y bastante perezoso, no el razonador cuidadoso que nos gusta imaginar cuando votamos.

Jonathan Haidt lleva esa idea al terreno moral en La mente de los justos (Deusto, 2019): la razón, dice sin mucha compasión, no delibera; litiga a favor de lo que la intuición ya decidió, como un abogado que defiende a un cliente culpable con total convicción.

Y Hugo Mercier y Dan Sperber rematan la faena en El enigma de la razón (Paidós, 2017): la razón humana no evolucionó para acercarnos a la verdad en solitario, sino para ganar discusiones en grupo.

Dicho de otro modo: llevamos siglos pidiéndole a la democracia deliberativa un tipo de ciudadano que la propia biología no fabrica en serie. Ese ciudadano, además, ya no delibera en la plaza sino en una infraestructura diseñada por otros y con otros fines.

Aquí toca recomendar lectura sobre La Gran Mediatización.

Shoshana Zuboff documentó en La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós, 2020) cómo la atención y el comportamiento humanos se convirtieron en la materia prima de un negocio que no necesita convencernos de nada: le basta con predecirnos y venderse esa predicción a terceros.

Renée DiResta, investigadora que ha pasado años dentro de esa maquinaria, explica en Invisible Rulers (PublicAffairs, 2024), aún sin traducción al castellano) cómo un puñado de propagandistas —y no necesariamente Estados, a menudo simples influencers con paciencia— fabrican consensos artificiales que ni siquiera necesitan ser mayoritarios para parecerlo.

Y detrás de todo esto hay una pregunta más vieja que internet, que casi nadie se atreve a formular sin sonar apocalíptico: ¿qué ocurre cuando la materia prima de la democracia —la información compartida— deja de existir sin más?

Hannah Arendt ya la había planteado en Verdad y mentira en la política (Página Indómita, 2017): la mentira organizada no compite con la verdad de igual a igual, la sustituye por completo, porque quien la fabrica puede rehacer los hechos con la misma facilidad con la que un ejército rehace un mapa. Y siempre, confirman las teorías de  sicología social, hay un dividendo, un beneficio para quien miente sistemáticamente, para quien hace del engaño su modo de vida.

Por eso, echemos la vista atrás y memos a los clásicos modernos: Neil Postman, en Divertirse hasta morir (Ediciones de la Tempestad, 2012), advertía —hace ya cuarenta años, con una precisión que asusta— que la amenaza para el discurso público no sería la censura orwelliana sino el entretenimiento constante: no nos van a prohibir pensar, nos van a distraer hasta que se nos olvide que podíamos hacerlo. O sea, el entretenimiento a todas costs que, a veces, con el pretexto de las audiencias se fomenta desde la propia izquierda. ¡Craso error! Ese tipo de entretenimiento, destruye a la larga la racionalidad y apertura que proclama la izquierda.

Y, para no perder la perspectiva histórica y el pensamiento honesto y exigente, Tony Judt —el más leído y el más actual de esta última hornada, aunque llevemos años sin él— dejó en Algo va mal (Taurus, 2010) la pregunta que en realidad organiza todo lo anterior: ¿qué ha dejado de hacer posible la socialdemocracia? Pregunta a la que aún no hemos contestado.

Y su respuesta no es solo autocrítica: parte del terreno que se perdió no se perdió por error propio, sino porque el mundo cambió de infraestructura sin pedir permiso. Y sin que lo percibiésemos.

Conviene decir, en todo caso y para no simplificar en el momento en que más se agradece la simplificación, que estos autores no forman una escuela ni firman un manifiesto conjunto.

Kahneman y Haidt discrepan en matices importantes sobre el peso relativo de razón e intuición; Zuboff describe una trampa casi sin salida donde DiResta ve, todavía, margen de agencia cívica; Arendt y Postman llegan a preocupaciones parecidas desde tradiciones que apenas se cruzaron.

Se citan juntos aquí no porque coincidan, sino porque, sin sus desacuerdos, el diagnóstico se queda cojo. Y, sobre todo, porque su lectura es siempre recomendable.

 

Por qué la izquierda retórica gana terreno sin necesitar el poder

Me refiero a la izquierda que gusta llamarse radical o anticapitalista, o populista, a veces… En general, izquierda muy retórica, que solo pende del discurso.

Aquí conviene ser cuidadoso, porque es tentador explicar el fenómeno ajeno sin mirar la propia responsabilidad.

Thomas Piketty, que se declara socialista sin complejos y sin pedir perdón por ello, ofrece en Capital e ideología (Deusto, 2019) la explicación más incómoda para cualquier socialdemócrata: la izquierda electoral ha pasado de representar a las clases populares a representar sobre todo a los ganadores del sistema educativo —su célebre «izquierda brahmánica»—, dejando un vacío de representación que unos llenan con el nativismo identitario y otros, más discretamente, abandonando las urnas para siempre.

Luke March, la mayor autoridad académica sobre la izquierda radical europea, coordina junto a Fabien Escalona y Daniel Keith The Palgrave Handbook of Radical Left Parties in Europe (Palgrave Macmillan, 2023): ahí queda documentado, con rigor comparado y sin nostalgia revolucionaria, por qué partidos como La France Insoumise, el BSW alemán o Podemos sobreviven como proyectos casi personalistas o familiares con porcentajes modestos —Mélenchon es la excepción que mejor ha sabido capitalizar el modelo— sin necesidad de gobernar para seguir erosionando el sistema de partidos tradicional. No hace falta ganar; basta con no desaparecer.

Para entender el fenómeno sin perjuicio de origen, sirve la definición más citada académicamente: Cas Mudde, politólogo que se define él mismo como hombre de izquierdas, junto a Cristóbal Rovira Kaltwasser, en Populism: A Very Short Introduction (Oxford University Press, 2017), y en solitario en La ultraderecha hoy (Paidós, 2021): el populismo, de derecha o de izquierda, funciona con la misma gramática —un «pueblo puro» contra una «élite corrupta»—, y quien solo vigila un lado del tablero acaba siempre sorprendido por el otro.

Es, de hecho, la prueba más clara de que el hundimiento de la derecha clásica y el de la socialdemocracia son la misma historia, contada dos veces con distinto acento.

Detrás de todo esto hay, además, una causa material que no deberíamos despachar como una simple «sensación» o un detalle: Dani Rodrik, economista de Harvard y crítico temprano de la hiperglobalización desde dentro de su propia disciplina —no desde fuera, como un profeta desautorizado—, explica en Straight Talk on Trade (Princeton University Press, 2018) por qué el diagnóstico económico de buena parte de ese electorado descontento —coste de la vida, pérdida de soberanía nacional, desigualdad creciente— no es descabellado, aunque las soluciones partidistas que le venden sí puedan estar condenadas al fracaso.

Tener razón en el diagnóstico no garantiza acertar en el remedio; de hecho, casi nunca lo garantiza.

La conversación española y catalana que no debería faltar

Ningún diagnóstico importado sustituye la mirada propia, por muy bien traducida que venga.

Manuel Arias Maldonado explica en Nostalgia del soberano (Catarata, 2020) por qué tanto la nostalgia del Estado de bienestar de posguerra como la de la comunidad homogénea son, hoy, igualmente irrealizables, y por qué ninguna alternativa política ha sabido sustituirlas por un relato de futuro que no suene a consuelo. O sea, propone pasar página y reinventarnos.

Enric Juliana repasa veinte años de política española —del 11-M a la amnistía— en España, el pacto y la furia (Arpa, 2024) con una tesis inquietante: la fractura de legitimidad de 2004 nunca se cerró del todo, aunque España conserve, todavía, la rara capacidad de pactar en los momentos decisivos. Tesis con cierta nostalgia, en todo caso

Y desde Cataluña, Josep Ramoneda ha publicado este mismo año Poder y libertad (Galaxia Gutenberg, 2025), sobre cómo la aceleración tecnológica cambia lo esencial —comunicación, producción, dominación— antes de que hayamos terminado siquiera de pensar sus consecuencias políticas.

En la misma línea, con más andamiaje filosófico, Daniel Innerarity ha construido en pocos años una trilogía que ya es imprescindible: La sociedad del desconocimiento (2022), La libertad democrática (2023) y Una teoría crítica de la inteligencia artificial (2025), los tres en Galaxia Gutenberg.

Y merece un espacio más amplio del que suele dársele Pierre Rosanvallon, catedrático del Collège de France, porque su tesis en El siglo del populismo (Galaxia Gutenberg, 2020) incomoda a todas las tradiciones por igual, incluida la nuestra: el populismo no es solo síntoma de otra cosa —de la desigualdad, del desencanto—, sino una ideología coherente por derecho propio, con su propia teoría de la soberanía y la representación.

Es más fácil tratarlo como patología que como rival intelectual, pero Rosanvallon no permite ese atajo: si el populismo tiene su propia teoría de la democracia, discutirlo exige otra teoría, no solo más indignación.

Y, al fondo, el planeta

Pero, demos un alto, porque el verano ha venido acompañado no solo de incendios judiciales, sino de incendios forestales. Y la hibridación de ambos incendios es segura. Y, tal vez, a la hora de pensarlos juntos: conveniente.

 

Ninguna regeneración de la izquierda tiene sentido si no incorpora el horizonte que las enmarca a todas, incluida ella misma: Johan Rockström, director del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático y padre del concepto de «límites planetarios», junto a Owen Gaffney, expone en Rompiendo límites: La ciencia de nuestro planeta (2021) —base del documental narrado por David Attenborough— hasta qué punto hemos traspasado ya varios de esos límites sin que la gobernanza democrática haya sabido frenarlo a tiempo. Es, probablemente, la advertencia más seria de toda esta lista: la única que no admite aplazamiento, por mucho que el calendario electoral insista en que sí.

Rockström ha señalado los umbrales catastróficos que afectan a la sostenibilidad del planeta. ¿No deberíamos hacer lo mismo con la esfera pública democrática? Seguro que sí, y tal vez con mayor urgencia. Porque como decía Judt, algo va mal; y como todos sabemos: lo que va mal es siempre susceptible de ir mucho peor.

Cinco preguntas, no una conclusión

No hay aquí una receta cerrada, y sería petulante fingir que la hay. Lo que sí hay, sí el recorrido ha servido de algo, son preguntas que ya no se pueden aplazar:

— ¿Puede sobrevivir una democracia cuando desaparecen los intermediarios que traducían el malestar en propuestas y programas?

— ¿Qué ocurre cuando la identidad tribalizada, narcisista y banal pesa más que el interés a la hora de votar?

— ¿Cómo se gobierna una esfera pública organizada, en la práctica, por tertulias mediáticas hiperpolarizadas y algoritmos ajenos a cualquier mandato democrático?

— ¿Qué tipo de igualdad sigue siendo posible en una economía que premia sobre todo al capital educativo y castiga el capital de la igualdad?

— ¿Qué instituciones necesitamos, hoy, para producir algo parecido a una verdad compartida?

No son preguntas retóricas ni un cierre elegante.

Son, más bien, el programa que queda pendiente una vez que se ha hecho el favor de leer en serio. La regeneración de un proyecto político no empieza por prometer soluciones: empieza por atreverse a hacer estas preguntas en voz alta, sabiendo que no todas tienen una respuesta que nos vaya a gustar.

Seguiremos proponiendo otras lecturas que no cabían en este ya largo escrito.

Para seguir leyendo (referencias)

Arendt, H. (2017). Verdad y mentira en la política. Página Indómita.

Arias Maldonado, M. (2020). Nostalgia del soberano. Los Libros de la Catarata.

Benjamins, R., & Salazar, I. (2020). El mito del algoritmo: Cuentos y cuentas de la inteligencia artificial. Anaya Multimedia.

Bosch, J., & Jiménez, F. (2026). La corrupción en España: Un problema enquistado. Tirant lo Blanch.

DiResta, R. (2024). Invisible rulers: The people who turn lies into reality. PublicAffairs.

Escalona, F., Keith, D., & March, L. (Eds.). (2023). The Palgrave handbook of radical left parties in Europe. Palgrave Macmillan.

Foa, R. S., & Mounk, Y. (2016). The danger of deconsolidation: The democratic disconnect. Journal of Democracy, 27(3), 5–17.

Haidt, J. (2019). La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (A. García Maldonado, Trad.). Deusto.

Harari, Y. N. (2024). Nexus: Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA (J. Ros i Aragonès, Trad.). Debate.

Innerarity, D. (2022). La sociedad del desconocimiento. Galaxia Gutenberg.

Innerarity, D. (2023). La libertad democrática. Galaxia Gutenberg.

Innerarity, D. (2025). Una teoría crítica de la inteligencia artificial. Galaxia Gutenberg.

Judt, T. (2010). Algo va mal. Taurus.

Juliana, E. (2024). España, el pacto y la furia. Arpa Editores.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

Krastev, I., & Holmes, S. (2019). La luz que se apaga: Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz. Debate.

Lasch, C. (1979). The culture of narcissism: American life in an age of diminishing expectations. Norton.

Lassalle, J. M. (2024). Civilización artificial. Arpa Editores.

Mair, P. (2013). Ruling the void: The hollowing of Western democracy. Verso.

Martínez-Bascuñán, M. (2025). El fin del mundo común: Hannah Arendt y la posverdad. Taurus.

Mercier, H., & Sperber, D. (2017). El enigma de la razón: Una nueva teoría de la inteligencia humana. Paidós.

Miller, L. (2023). Polarizados: La política que nos divide. Deusto.

Mounk, Y. (2022). The great experiment: Why diverse democracies fall apart and how they can endure. Penguin Press.

Mudde, C. (2021). La ultraderecha hoy (A. Santos Mosquera, Trad.). Paidós.

Mudde, C., & Rovira Kaltwasser, C. (2017). Populism: A very short introduction. Oxford University Press.

Orriols, L. (2023). Democracia de trincheras: Por qué votamos a quienes votamos. Ediciones Península.

Piketty, T. (2019). Capital e ideología. Deusto.

Postman, N. (2012). Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del «show business». Ediciones de la Tempestad.

Putnam, R. D. (2002). Solo en la bolera: Colapso y resurgimiento de la comunidad norteamericana (J. L. Gil Aristu, Trad.). Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. (Obra original publicada en 2000)

Ramoneda, J. (2025). Poder y libertad: Reflexiones en un cambio de época. Galaxia Gutenberg.

Rockström, J., & Gaffney, O. (2021). Rompiendo límites: La ciencia de nuestro planeta.

Rodrik, D. (2018). Straight talk on trade: Ideas for a sane world economy. Princeton University Press.

Rosanvallon, P. (2020). El siglo del populismo: Historia, teoría, crítica (I. Agoff, Trad.). Galaxia Gutenberg.

Sánchez-Cuenca, I. (2022). El desorden político: Democracias sin intermediación. Catarata.

Torcal, M. (2023). De votantes a hooligans: La polarización política en España. Catarata.

Turkle, S. (2011). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other. Basic Books.

Vallespín, F. (2021). La sociedad de la intolerancia. Galaxia Gutenberg.

Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de la vigilancia. Paidós.

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