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¿Vivimos en la era de los monstruos?

¿Vivimos en la era de los monstruos?
  • Gabriel Colomé

    Senador socialista. Professor titular de Ciència Política de la Universitat Autònoma de Barcelona. Doctor en Ciència Política i Llicenciat en Ciències de la Informació. Autor de diversos llibres.

El viejo mundo se muere

 El nuevo tarda en aparecer

 Y en el claroscuro surgen los monstruos.

 Antonio Gramsci

La crisis económica de 2008, similar al famoso crash de 1929, tuvo consecuencias de todo tipo a nivel económico, laboral, social y político.

La diferencia entre 1929 y 2008 fue la existencia de redes de seguridad creadas tras la experiencia y las consecuencias de la década de los años treinta: el mundo de hoy, a diferencia de ayer, no está al borde de la guerra real, pero sí comercial; en el camino ha abrazado ideologías extremistas o radicales.

Los años de crisis hundieron la confianza de la sociedad en el futuro. Fueron los años del austericidio. La dura realidad no dejó espacio a la esperanza. Y la indignación por las injusticias se giró hacia ofertas políticas y sociales diferentes, radicales y simplistas.

Estos diferentes vectores sociodemográficos tuvieron mucho que ver en los diferentes resultados electorales que se produjeron en el mundo.

Todos ellos responden a un mismo patrón de comportamiento: el malestar democrático que conduce a la desafección política.

 Los síntomas son: La insatisfacción con la realidad; la inoperancia en las soluciones. La sensación de desamparo y de abandono y un clima de opinión de miedo ante la incertidumbre del futuro.

Frustración, irritación y miedo se han canalizado por vías primarias: opciones políticas simples y binarias. Opciones de extrema derecha en Europa, o el independentismo, en su momento, como solución a la no respuesta de la democracia debilitada a temas complejos que no tienen respuestas simples.

Podemos realizar la comparativa de los efectos de la crisis económica de la década de los años treinta y la actual crisis.

En los años treinta, Polonia y Hungría eran dictaduras. El ascenso de Hitler al poder tuvo efectos devastadores para Alemania, Austria y Checoslovaquia. Mussolini gobernaba Italia; Francia estaba dividida con fuertes tensiones extremistas. La república española fue destruida por un golpe militar. Europa sufría el ascenso de los movimientos de extrema derecha que acabaron en la crisis del sistema democrático y en la guerra mundial.

La diferencia sustancial entre los años de preguerra y la actualidad es la red de seguridad que representa la Unión Europea creada para evitar las consecuencias ya vividas antaño.

El auge del populismo

El austericidio dio lugar al populismo. El populismo no es un fenómeno marginal o simplemente de protesta, sino un vector político que está afectando al corazón mismo del orden político de la postguerra” [1].

El populismo tiene una serie de indicadores que lo definen:

  1. Rechazo a los profesionales de la política. Llamados en España “casta” y en Estados Unidos “establishment”.
  2. Simplificación dicotómica y anti-elitismo
  3. Emociones versus racionalidad
  4. Oportunismo y demagogia
  5. Imprevisibilidad económica
  6. Democracia directa versus democracia representativa. Apelación al pueblo
  7. Desconfianza en las instituciones públicas existentes.
  8. Retórica nacionalista y liderazgo caudillista.

Lo más interesante es cómo se reduce la política para convertirla en mensajes simplistas y binarios. Ya no existe izquierda o derecha; ahora es arriba o abajo, buenos o malos, a favor o en contra, seguidor o adversario o enemigo.  Nacionales o extranjeros o migrantes. Local o global. Nacional o internacional.

El populismo rompe con la tradición secular de la política, concebida como una deliberación racional y pluralista por el bien común, que es en el fondo la definición de democracia. El populismo es el síntoma de la debilidad de la democracia.

El resultado, en expresión de Guy Hermet, se conforma un “ciberpopulismo[2]. Este se fundamenta en el sueño, ahora aparentemente más accesible, de una democracia desprofesionalizada, participativa en tiempo real, incluso directa, porque representa al pueblo, ya no sobre la base de la elección, sino sobre la que cada ciudadano pueda expresarse’.

Internet permite proyectar en el mundo virtual la utopía populista por excelencia: construir la “plaza”, el ágora que reúne al pueblo sin jerarquías y donde todos participan en función de su afán e interés. En la construcción de este imaginario de masas no debería desdeñarse el papel que han tenido los programas televisivos con participación de los espectadores, que han perfilado una “plaza electrónica” de participación masiva e instantánea’.

‘El “ciberpopulismo” alimenta la creencia de que la red fomenta la participación de la ciudadanía activa. En realidad, el ejercicio de la democracia implica un proceso de reflexión, discusión y deliberación para convertirse en ciudadano consciente, mientras “el consumidor de instrumentos tecnopolíticos no sabe esperar, no quiere tomarse tiempo de discusión y reflexión. La democracia virtual que se perfila supone la sustitución del espacio público por un espacio publicitario extendido de forma idéntica”, por lo que el ciudadano consciente “desaparecerá en provecho del cliente y del consumidor”, señala Taguieff [3]. De hecho, el éxito de Twitter, ahora X, o TikTok o Instagram, ilustra de forma gráfica la contradicción profunda entre la participación masiva que genera la existencia de “plazas electrónicas” y la limitada reflexión que estas permiten”[4].

Pregunta: ¿Es la democracia rehén de las redes sociales?


Post-Verdad

El siguiente concepto se ganó ser la palabra del año en 2016 según el Diccionario de Oxford. Se trata de “post-truth” o de posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal. Si la percepción en política es la realidad, la posverdad es la emoción convertida en política. Es decir, la verdad en la información ya no es la columna central del discurso político, sino que ha sido sustituida por la mentira que permite construir una opinión pública atrapada por las emociones frente a la realidad.

El nuevo ciberpolítico es un líder de plató de televisión. Domina la comunicación audiovisual y es un experto en redes sociales. El mundo digital ha hecho su entrada triunfal en la política y en las campañas. Y Donald Trump fue su profeta con 55 mil tuits en su primera presidencia.

Síntomas de la fractura-ruptura de la política democrática: La política como espectáculo; la política como reality show; la exclusión del más débil; las respuestas políticas inmediatas vía redes sociales; la prioridad de manipulación en tiempo real de las emociones; la información vía internet sin contraste alguno; las falsas noticias planetarias; la marginación de las estructuras de la democracia representativa de los partidos y de los parlamentos:

Por lo tanto, las mentiras se asumen como si fuesen verdad porque así se sienten. La razón es derrotada por las emociones y los sentimientos.

Es el imperio de la trilogía de la comunicación moderna del milenio: populismo; posverdad y fake news.

Estamos viviendo la rebelión de los excluidos o desamparados. No se vota para solucionar problemas, sino para expresar un malestar.

Los síntomas del malestar se cristalizaron en 2016, en populismo con la primera presidencia de Donald Trump, el Brexit, la secesión como salida de escape para Escocia o Cataluña, el ascenso de la extrema derecha y las democracias iliberales y su consolidación hasta hoy, que muestran la debilidad de la democracia liberal parlamentaria.

La rebelión se basa en: La frustración de expectativas, el resentimiento social, el ascensor social ya no funciona y el wokismo.

Nueva Era

Ocho años después, la segunda presidencia de Trump ha destruido el mundo que nació con la carta del Atlántico en 1941, que fijó los fundamentos del nuevo orden: La ONU, Bretton Woods, la división de las zonas de influencia en Yalta, el Plan Marshall, la bomba atómica, la Guerra Fría, el comunismo frente al mundo libre. La creación de la futura Unión Europea bajo el liderazgo de Francia y Alemania, que pasó de 6 Estados a los 27 actuales para evitar precisamente nuevos conflictos armados.

Y el paraguas de Estados Unidos para proteger el continente europeo de la amenaza soviética durante 80 años con la creación de la OTAN y las bases americanas repartidas por el mundo.

Asistimos a una reconfiguración de las relaciones internacionales, y no sabemos si veremos un Yalta II con Estados Unidos, China y Rusia, sin la Unión Europea, distribuirse el mundo bajo sus zonas de influencia.

La nueva guerra fría entre China y Estados Unidos es comercial y no militar.

Y Estados Unidos ha decidido con los aranceles convertir al resto del mundo en sus vasallos y a Trump en un posible Putin a la americana. Malos tiempos para la lírica y la democracia.

Pregunta: ¿Es la democracia rehén del algoritmo?

¿Qué consecuencias puede tener para la democracia la irrupción de la inteligencia artificial?

Debemos pensar en un partido virtual, un partido red, para un nuevo tipo de democracia directa y electrónica

Los partidos fueron sustituidos por los medios de comunicación, sobre todo, la televisión en el siglo XX. Hoy en día, han sido sustituidos por las redes sociales.

James Carville, el estratega demócrata de Bill Clinton, escribió en el NYT, después de la victoria de Trump en noviembre de 2024, que los podcasts son los nuevos periódicos y revistas impresas; que las plataformas sociales son una conciencia social y que los influencers son los guardianes digitales de esa conciencia.

La simplificación del mensaje, la sencillez del lema, buscar de manera constante el titular, crear la noticia, emocionar, luchar contra el bulo convierte la complejidad de la política en una “comida rápida” para alimentarse, pero no para nutrirse. Es el mundo 2.0 o 3.0 o… el punto cero que sea. Por lo tanto, menos ciudadanos y más sumisos.

¿Quién controla al tecnocesarismo de los señores feudales de Silicon Valley, esas grandes corporaciones que deciden sobre nuestro futuro? Y que, como escribe Peter Thiel (propietario de Palantir), la libertad no necesita la democracia. Es la libertad anarcocapitalista. Es la libertad sin regulación del Estado.

La alianza entre los ciberpolíticos y los tecnocesaristas feudales serán los arquitectos de la nueva ERA.

Los fundamentos de esta era se basan en el autoritarismo competitivo[5] en el que los partidos acuden a las urnas, pero el gobierno en el poder comete un abuso sistemático de las instituciones que perjudica a la oposición. Hoy en día, el autoritarismo es más difícil de reconocer. La mayoría de los autócratas del siglo XXI son elegidos.

En lugar de reprimir de manera violenta a la oposición como Castro o Pinochet, los autócratas de hoy convierten las instituciones públicas en armas políticas, utilizando las agencias policiales, fiscales y reguladoras para castigar a los oponentes e intimidar a los medios y a la sociedad civil para que queden al margen[6].

Los monstruos ya están aquí. Será una revolución o una contrarrevolución. En todo caso, será un cambio de era.

[1] Cuperus, René citado por Casals, Xavier, El Pueblo contra el Parlamento, (Barcelona: Pasado & Presente, 2013)

[2] Hermet, Guy, Les populismes dans le monde. Une histoire sociologique XIX-XX siècle,(Paris: Fayard, 2001).

[3] Taguieff, Pierre André, L’illusion populiste, (Paris: Berg International, 2002)

[4] Casals, Xavier, El pueblo contra el Parlamento, (Barcelona: Pasado & Presente, 2013)

[5] Levistky, Stefen- Zibblat, Daniel- Wan, Luca, ¿Cómo sabrán los estadounidenses que hemos perdido la democracia?, vid Peirón in La Vanguardia.

[6] Peirón, Francesc; “Trump agita el fantasma autoritario”, in La Vanguardia, 3 de agosto 2025.

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