Esto daría para dos artículos, pero ya que las declaraciones se han dado simultáneamente en el tiempo que mejor que enmarcarlas dentro del mismo fenómeno del que hablé la semana pasada: la continua y creciente desfachatez, nunca mejor dicho, de las derechas españolas.
Comienzo por la talibana, presidenta de la comunidad de Madrid y adalid del trumpismo nacional e internacional, ya que acusa de narcoestados a todos los que se le presentan por delante mientras, en la misma frase, alaba la defensa de la Hispanidad de Estados Unidos. Al margen de que se arrogue la propiedad de Madrid y los madrileños y madrileñas, las idioteces dichas para que la escucharan en el aquelarre fascista de la residencia de Trump han sido ampliamente criticadas, ¡incluso por Antena 3!
En fin, que definir como el representante de la libertad y defensor de lo hispano… Decía Tarradellas que en política se podía hacer de todo menos el ridículo. El problema es que la talibana no tiene ningún sentido de estar haciéndolo. La verdad es que cuando la escuché no pude por menos que imaginarla vestida de faralaes y acompañada del brazo de Feijóo y Abascal, con sombrero flamenco, avanzar por la calles cantando aquello de “Os recibimos Americanos, con alegría. Ole mi mare, Ole mi suegra y ole mi tía. Americanos vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío. Ole Virginia y Michigan Y viva Texas que no está mal” (Grande Berlanga y grande Bienvenido, míster Marshall)
Y el apóstata, que se define como una persona que abandona públicamente sus creencias. Implica deserción o, si se quiere, traición. Ya saben a quien me refiero y si no pues lo digo, Felipe González, al que hace años no se le oye una sola crítica a la derecha, a la extrema derecha, al intento de destruir Europa por la que tanto hizo en su día, por parte de los energúmenos ultras, incluso es citado como argumento de autoridad por los líderes de la derecha. Sin embargo, no pierde oportunidad de machacar a su partido, sus iniciativas políticas y a su Secretario General. Por lo tanto, cumple con la definición de apóstata. Pero hay más, ya que una apostasía implica el abandono de la doctrina. Y no es que la tengamos, pero ¿dónde queda aquello de la disciplina? ¿de la discusión interna pero nunca externa? Y más: ¿se da cuenta de que se ha puesto al lado de los antidemócratas? ¿Qué queda de Isidoro? ¿Qué hubiera hecho él en esta misma circunstancia? La historia es la que es, pero no da patentes de corso, así que señor González, estese calladito y si tan a disgusto está en este partido ya sabe lo que hay que hacer. Y ¿sabe lo más curioso? Sobrevivirá.







