Recomendamos la lectura de este artículo de opinión, publicado originalmente en El Periódico de Catalunya, firmado por el catedrático emérito de Periodismo de la UAB y expresidente de la corporación de Radio Televisión Española, José Manuel Pérez Tornero, actual director de l’Endavant!
Enlace al artículo. El Periódico de Catalunya
Fin de curso: cuando la mediatización mata a la política
¿Fue cuando las cámaras entraron en los parlamentos no solo para grabar, sino para dirigir la escena? ¿Cuando los telediarios y los info-shows comenzaron a marcar el ritmo del legislador y los jueces filtraban antes que sentenciar? ¿Cuando los talk-shows dejaron de instrumentalizar a famosos para pasar a ocuparse de políticos? ¿Cuando los partidos se parecieron más a cámaras de eco que a espacios de deliberación? ¿O cuando los spin-doctors decretaron que el debate político debía parecerse a las disputas de los bares?
El momento exacto importa poco. Lo relevante es que, desde hace tiempo, la política ya no se rige por la lógica del interés general, sino por el guion de los medios. En este final de curso político, con televisiones exhaustas (casi agónicas) y el imperio de las redes reforzado por la IA, rozamos un perfecto estado de populismo mediático.
La mediatización de la política —ese proceso por el cual los medios no solo informan, sino que condicionan profundamente— ha colonizado el sistema entero. Ejecutivo, Legislativo y Judicial se ven absorbidos por la lógica mediática actual: la de la inmediatez, el escándalo y del impacto emocional. Los tiempos largos —el cálculo, la espera, el acuerdo— han sido arrasados por el tsunami de lo urgente. Como si la única verdad posible fuera la última que se tuiteó.
El problema no es solo de ritmo, sino de formato. La mediatización impone sus modos: clickbait, fragmentos virales, discursos-meme, zascas groseros, debates comprimidos en treinta segundos de bronca. ¡Pura adrenalina en vena!
Así, la complejidad queda fuera de plano. Los matices no rinden. El discurso político se vuelve previsible, ahormado, impostado. Los parlamentarios no parlamentan: actúan teatralmente. Los jueces no sentencian: filtran. Los ministros no gobiernan: improvisan exabruptos al ritmo del sobresalto mediático. Y mientras tanto, la política —la de verdad— va haciendo mutis por el foro.
Esto tiene consecuencias de fondo. Una es la despolitización. Paradójicamente, en un momento en que se habla más que nunca de política, los partidos se vacían de militantes, se participa menos en las elecciones, y la desafección no deja de crecer. Otra la del autoritarismo creciente: los partidos han dejado de ser comunidades de pensamiento para convertirse en clubes de fans de un líder. Ya no se discute: se aplaude. Ya no se debate: se corea. La fidelidad al líder carismático ha sustituido al pensamiento crítico.
En lugar de plazas públicas, escenarios. En lugar de ideas, eslóganes. En lugar de ciudadanos activos, audiencias pasivas. Los parlamentos, antaño lugares de deliberación, parecen platós: las intervenciones se preparan no para convencer al adversario, sino para viralizarse; se legisla poco y se escenifica mucho. A la vez, los platós se disfrazan de parlamentos: el ruido televisivo ha sustituido a la palabra. Y la palabra, que fue el arma noble de la política, ha quedado reducida a pura impostura estrategia de márketing narrativo.
La Justicia, por su parte, ha asumido un rol extraño, casi de apuntador del espectáculo teatral. Las filtraciones son ya forma habitual de intervención. Los sumarios, primicia. Los jueces, protagonistas involuntarios —o no tanto— de una trama que supera a la ficción, actúan a menudo como apuntadores del guion mediático.
En este contexto, la ciudadanía queda atrapada en un estado peligroso: no ya de credulidad, sino de descreimiento total. No es solo que se acepte lo primero que se oye, sino que ya no se cree nada, o casi. Todo se percibe como manipulación, como parte de una escenografía sin fondo real. La política se ha convertido, para muchos, en una ficción de la que desconfiar por sistema. Y eso es la antesala del cinismo: el ocaso de la democracia.
Porque la democracia no vive solo del voto, sino del juicio crítico, del compromiso cívico, del interés por lo común. Cuando la política se convierte en ruido, el ciudadano comprometido apaga y desconecta. Y cuando se vuelve farsa, abandona la sala y se abstiene. La consecuencia no es solo el deterioro institucional: es la orfandad democrática.
¿Qué hacer entonces? Tal vez el primer paso sea devolver a la política el valor de la palabra, del tiempo y del sosiego. Recordar que gobernar no es escenificar; que deliberar no es vociferar; que hacer justicia no es filtrar. Tal vez toque recuperar los espacios de encuentro, los partidos como escuelas de ciudadanía, y los medios como herramientas de investigación, de conocimiento y comprensión; y no de distracción y fanatización.
Porque si todo es espectáculo, nada es verdad. Y sin verdad —o sin voluntad de buscarla—, la democracia degenera en puro teatro sin alma.








