Hace pocos días se celebraba en Barcelona la Global Progressive Mobilisation. Dos de las personas que participaron de forma más destacada, escriben hoy en dos periódicos al respecto de los principales debates que se plantearon y sobre hacia dónde queremos avanzar los y las progresistas del mundo. ¡Os recomendamos su lectura!
Barcelona: de la convergencia progresista a la alternativa global
Javi López, vicepresidente del Parlamento Europeo
LA VANGUARDIA
Barcelona ha sido capital de los progresistas con motivo de la Global Progressive Mobilisation. No ha sido solo un encuentro relevante, sino la expresión de una convergencia política de mayor alcance: distintos espacios del progresismo internacional se reconocen como parte de un mismo campo, con un diagnóstico compartido y una tarea común.
Ese contexto viene definido por el avance de una nueva derecha radical autoritaria que no se limita a competir dentro de las reglas democráticas, sino que trabaja para demolerlas desde dentro. Trump es hoy su principal referencia, pero el fenómeno es más profundo: una alianza entre nacionalismos reaccionarios, poderes económicos desregulados y oligarquías tecnológicas que cuestiona los límites institucionales y desplaza el equilibrio entre derecho y poder. No es una amenaza retórica, sino una ofensiva estructural contra la democracia.
Por eso lo ocurrido en Barcelona importa. Importa porque reúne una masa crítica de liderazgo político internacional capaz de ir más allá de la denuncia. Importa porque incorpora sensibilidades diversas, incluidas las del Partido Demócrata estadounidense, la izquierda latinoamericana y la socialdemocracia europea. Y, sobre todo, importa porque expresa una voluntad compartida: articular una alternativa con vocación de mayorías frente a un adversario que también actúa a escala global.
El progresismo global se afirma así como una fuerza de orden justo frente al caos reaccionario. Y asume que la disputa de fondo no es solo institucional, sino material: la defensa de la dignidad humana en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precarización y la inseguridad vital. Es también un imperativo político y moral frente a proyectos que colisionan con los principios del humanismo democrático y del europeísmo.
La disputa de fondo no es solo institucional, sino material: la defensa de la dignidad humana en sociedades atravesadas por la desigualdad, la precarización y la inseguridad vital
Esa alternativa empieza por tres vectores claros. Primero, la defensa de la paz sobre la base del derecho internacional, frente a la normalización de la fuerza como criterio de orden. Segundo, la garantía de condiciones materiales de vida digna, como fundamento de la legitimidad democrática. Tercero, la actualización del multilateralismo para hacerlo más eficaz, inclusivo y representativo en un mundo más plural. Sin ese triple anclaje, la democracia queda expuesta a la erosión interna y a la irrelevancia externa.
España está en condiciones excepcionales para contribuir a esa agenda. Y lo está, en gran medida, por el liderazgo y la credibilidad internacional de Pedro Sánchez. En un contexto de ambigüedades y repliegues, España ha proyectado una política exterior coherente, con europeísmo y capacidad de interlocución con América Latina y el sur global. Esa posición se sustenta en una experiencia concreta: la de un país que demuestra que las políticas progresistas pueden combinar crecimiento económico, cohesión social, transición verde e integración.
Que esta movilización haya tenido lugar en Barcelona tampoco es casual. Catalunya, con Salvador Illa, proyecta hoy estabilidad, centralidad y ambición reformista en línea con la mejor tradición europeísta. Y Barcelona mantiene una fuerza simbólica singular: la de las ciudades que piensan el mundo desde la apertura, la modernidad y la democracia.
Así pues, no bastará con resistir a la nueva derecha autoritaria. Hay que derrotarla política y democráticamente, sustituyendo su cinismo por un proyecto con salvaguardas, justicia social y esperanza. Frente al cinismo, un proyecto. Frente al miedo, una alternativa. Frente a la resignación, Barcelona.
El espíritu de Barcelona
Ferran Pedret, portavoz del grup parlamentario Socialistes i Units per Avançar en el Parlament de Catalunya
EL PERIÓDICO
“Mai no seré prou vella ni prou covarda per no tornar a començar de cap i de nou i amb les mans buides”, decía Maria Aurèlia Capmany. El progresismo global se ha reunido este abril en Barcelona. No precisamente con las manos vacías, pero sí para generar un nuevo comienzo: el de la movilización progresista global.
Un espacio como el que empezó a forjarse este fin de semana no se había visto nunca hasta ahora. Acoge a la vez a los socialistas, socialdemócratas y laboristas de raíz europea, a la izquierda latinoamericana, al progresismo del Sur global y de los países emergentes, así como al progresismo norteamericano.
Activistas y dirigentes provenientes de todos los continentes han compartido análisis, reflexiones y propuestas durante dos días, junto a sindicatos de clase, movimientos sociales y laboratorios de ideas. Todos tenían claro que había que dar continuidad a la experiencia, estructurarla y organizarla para amplificar su potencial.
Ha sido mucho más que una inyección de moral. De ella ha surgido un estado de ánimo compartido —a la vez lúcido, sereno, solidario y combativo— que me atrevo a bautizar como el espíritu de Barcelona.
—Ya era hora— se repetía por los pasillos, entre activistas llegados de todas partes. El primero de los elementos de esta nueva disposición de la izquierda reunida en Barcelona queda, pues, bien claro: nunca más solos. Caminaremos juntas desde ahora y, como dijo Lula citando la canción de Serrat —basada en los célebres versos de Machado— “se hace camino al andar”. No ha nacido una Vª Internacional, pero sí un nuevo internacionalismo progresista, que dará continuidad a este primer encuentro para coordinar globalmente el discurso, la propuesta y la acción de la izquierda democrática.
El segundo de los elementos de este nuevo ánimo en la izquierda: mantenerse firmes y desencadenar nuestra propia ofensiva. La extrema derecha —y la derecha claudicante— no tiene otra cosa que ofrecer que un mundo en llamas: odio, opresión, dominación y explotación. Cada vez lo ve más gente, en todas partes. El inicio de la movilización progresista global supone el final de la ola reaccionaria. La extrema derecha grita, miente y amenaza no porque esté a punto de vencer, sino porque sabe que su momento ya ha pasado.
Esto nos lleva al tercero de los elementos que, creo, identifican este encuentro progresista: hay alternativa. Las mayorías sociales progresistas existen. Para convertirlas en mayorías políticas que puedan impulsar un proyecto de transformación social es necesario, en primer lugar, restablecer el futuro como un horizonte deseable. No hay proyecto político progresista si no confiamos en nuestra capacidad para construir un futuro mejor para nosotros y para quienes vendrán. Frente al odio debemos, pues, organizar la esperanza.
Los oradores y oradoras de la Global Progressive Mobilisation —incluidos Salvador Illa y Pedro Sánchez— esbozaron bastante bien los puntos de este programa esperanzador. La profundización en el carácter social del Estado como mejor garantía del carácter democrático de nuestras sociedades. El combate contra las desigualdades en el centro de la acción de los poderes públicos. La necesidad, por ello mismo, de poner límites a la extrema riqueza y al poder de las oligarquías financieras y tecnológicas, pues cuando el magnate Peter Thiel escribe que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”, lo que quiere decir realmente es que la democracia es un obstáculo para quienes quisieran disfrutar de la libertad de los que pueden porque tienen y tienen porque pueden.
Nuestro combate es, también por oposición a esto, a favor de la justicia social y climática. El nuestro debe ser también un combate feminista —que si la extrema derecha quiere romperle el espinazo es precisamente por su potencial emancipador— hasta alcanzar la plena igualdad. El nuestro es un combate en favor de sociedades abiertas, diversas e inclusivas. Donde nos quieran dividir por razón de nuestros acentos, aspectos o afectos, responderemos con unidad en la diversidad y con solidaridad. El nuestro es un combate por la paz. Por una paz justa. En todas partes y para todos.
El encuentro había generado expectativas e ilusión entre la militancia socialista, pero incluso un punto más allá, en otras tradiciones de las izquierdas. En tiempos en que algunos de los espacios de izquierda parecen tener dificultades para encontrarse, hay uno que está ordenado y dispuesto a disputar cada batalla para ganarla.
Llegamos así al último de los elementos que caracterizan el espíritu de Barcelona. El que más teme la extrema derecha, porque convoca y moviliza, porque es contagioso: la moral de victoria.






