Publicamos, por su interés en el contexto actual y para el futuro, el tema de análisis de la última Nota Quincenal impulsada por la Secretaria de Programas, Prospectiva y Memoria Histórica del PSC, firmada por el analista político Carles Vivancos.
Ha transcurrido prácticamente medio siglo desde que las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) empezaron a expandirse. Al salir de los espacios de investigación y experimentación, las TIC cambiaron de forma progresiva las actividades industriales y económicas para luego tener un papel esencial en las relaciones sociales.
La forma más visible de estos cambios ha sido la aceleración de la automatización. Desde las máquinas de control numérico, que han transformado el trabajo de torneros y fresadores, hasta una gestión y administración plenamente digitales en las organizaciones que sostienen nuestra vida en común, la automatización creciente de tareas antes realizadas por humanos ha impulsado la productividad en muchos ámbitos y ha alterado de manera profunda la mayoría de las fuentes de empleo.
Contradiciendo las promesas de los pioneros de la informática, quienes profetizaban la descentralización y democratización del poder gracias a la capacidad redistributiva de las herramientas que nos ofrecían las TIC, en el momento presente la humanidad está viviendo un proceso de concentración de riqueza y de poder de tal magnitud que solo se puede comparar con los conocidos en los albores de las sociedades humanas.
De forma sistemática, los aumentos de productividad, derivados de la mayor automatización, se han traducido en la disminución de las rentas del trabajo, a causa de la menor contratación y/o del despido de trabajadores, combinada con el aumento de las rentas del capital. En paralelo, las rentas del capital llevan medio siglo beneficiándose de una insólita, generalizada y desproporcionada reducción de sus impuestos.
En paralelo, el prodigioso aumento de las capacidades de comunicación que nos proporcionan las TIC tampoco termina de ofrecer un saldo positivo. Si bien es cierto que podemos comunicarnos con grandes cantidades de personas, a través de grandes distancias y en múltiples idiomas —sin necesidad de conocerlas—, todas estas capacidades, antes solo al alcance de los gobiernos o de las empresas e instituciones de un cierto tamaño, han terminado concentradas en unas pocas decenas de empresas, casi todas ellas estadounidenses, que tienen el control efectivo de la mayoría de las actividades que realizamos a diario. Sea hacer un pago para una compra en una tienda virtual o recibir los iconos de recompensa por una publicación en alguna de las redes sociales, todas estas actividades se sustentan en billones de líneas de código y algoritmos, cuyo control recae en muy pocas manos.
Nunca antes tan pocos habían tenido tanto poder sobre tantos.
En los últimos cinco años, la vertiginosa aceleración de las capacidades de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM por sus siglas en inglés) nos sorprende a diario. En algunas ocasiones, por despejar problemas que llevaban tiempo estancados (nuevas moléculas para los medicamentos, programas informáticos más seguros y eficientes, procedimientos industriales mejorados…); en otras, por provocar daños sorprendentes derivados del uso militar del tratamiento masivo de datos personales (en la persecución de inmigrantes por el ICE, en la eliminación de personas en Gaza o en la destrucción de objetivos en los ataques a Irán).
La sensación de vértigo ha llegado también a la creciente captura de recursos derivada de la aceleración en las necesidades financieras para sostener la carrera por alcanzar la Inteligencia Artificial General (AGI por sus siglas en inglés). Las descomunales inversiones demandadas por la inversión en centros de datos (las estimadas para los próximos 4 años acumularán el equivalente al 10 % del PIB global) drenarán sin duda recursos necesarios para otras necesidades. Esta magnitud está en relación con el peso de la capitalización, en los mercados financieros, de las principales empresas relacionadas con las TIC: Alphabet, Amazon, Apple, Broadcom, Meta, Microsoft, NVIDIA y TSMC. Su valor en bolsa equivale al total del PIB de los Estados Unidos de América.
Otras tres compañías centradas en la IA, OpenAI (ChatGPT), Anthropic (Claude Code) y SpaceX (Grok), están esperando salir a bolsa durante 2026. Cuando esto suceda, crecerá aún más la concentración de recursos financieros, salidos del ahorro y del crédito, destinados a la aceleración de unas empresas tecnológicas que empezaron con la captura y privatización de los datos de las personas y ahora abordan la captura del ahorro y del crédito para alcanzar una privatización de rentas que se sustentará en la privatización del conocimiento acumulado por la humanidad a lo largo de su historia.
Singularmente, el modelo tecnoeconómico de estas empresas en el desarrollo de la IA parte de una idea de centralización del conjunto de sistemas. Un tipo de modelo que ya fracasó hace casi medio siglo cuando la microinformática —descentralizada— se impuso a la los grandes ordenadores —centralizados— con terminales sin capacidad de computación.
La hiperaceleración de la automatización a la que estamos asistiendo nos urge, a los socialistas, a liderar una respuesta adecuada de la sociedad a los cambios profundos que se están produciendo. Esta respuesta, estructurada a partir de la política democrática, es la única que puede garantizar la futura convivencia pacífica en un mundo que ha vivido décadas de reducción de la desigualdad y de avances hacia la prosperidad compartida. Estas mejoras colectivas se encuentran en grave riesgo por la desaforada avaricia de unos pocos, quienes son incapaces de ver que una sociedad más desigual, derivada de la enorme concentración de riqueza en muy pocas manos, no solo nos impedirá superar los riesgos para la seguridad colectiva asociados a la sostenibilidad (aire respirable, agua potable, recuperación de ecosistemas, electrificación sostenible…), sino que agudizará la inestabilidad derivada de los conflictos sociales consecuencia de unos bruscos y profundos cambios económicos, sociales y políticos materializados en unos plazos imposibles de digerir por nuestras complejas sociedades.
Los problemas intrínsecos de la evolución de la IA, tanto de concepto como tecnológicos, así como los cuellos de botella materiales en su voraz crecimiento (los límites en los recursos económicos que exigen, la creciente falta de disponibilidad de energía eléctrica para sus centros de datos o la progresiva escasez de nuevos datos), nos permiten vislumbrar una cierta frenada en la desenfrenada carrera actual.
No tenemos ninguna necesidad colectiva de acelerar todos los cambios a la vez. Sin debate público ni negociación, la aceleración de los cambios solo beneficiará a unos (muy) pocos.
En esta etapa de la historia, el papel del socialismo democrático resulta esencial para encauzar, en beneficio de todos, los procesos de cambio actualmente en marcha. Sin una articulación política democrática de estos cambios, no se vislumbra una evolución pacífica de la sociedad. Hemos de aprovechar la próxima relativa ralentización del proceso para imponer el debate público colectivo que conduzca al pacto social para el desarrollo, la implantación y la generalización ordenada de la IA.
La alternativa de los socialistas debe articularse de forma que tanto los derechos individuales como los colectivos sean salvaguardados de las facetas negativas de la automatización (concentración de poder, concentración de riqueza, privatización del capital colectivo) y permitan garantizar un futuro de prosperidad compartida y equitativa en un contexto de libertad, igualdad, fraternidad y justicia social que garantice la expansión de la democracia al conjunto de la comunidad internacional. Todo ello no será posible sin la salvaguarda del medio natural, de la diversidad genética y de los recursos del planeta, de forma que todo ello se incluya en el patrimonio colectivo, como parte de él el conjunto de conocimientos acumulados por la humanidad a lo largo de la historia.
Por ello, los socialistas deberíamos proponer:
El control democrático de la Inteligencia Artificial:
– La constitución, en el marco de las Naciones Unidas, de un organismo específico centrado en la tutela y gobernanza de los distintos instrumentos nacidos de las TIC y de la automatización.
– La exclusiva del control e impulso de la automatización por parte de las instituciones públicas de los distintos niveles. Sea de forma directa o concertada, pero, en todos los casos, con garantías de control democrático, transparente y con rendición de cuentas.
– La limitación de la militarización de los recursos e instrumentos de la automatización. Persiguiendo especialmente la eliminación de otros seres humanos con medios o recursos derivados de la automatización.
El uso responsable de la Inteligencia Artificial:
– La articulación global de unas políticas fiscales que permitan la evolución equilibrada hacia un sistema económico con un mayor peso de la automatización y con fórmulas equitativas de redistribución del trabajo y de sus rentas asociadas, así como una carga fiscal proporcionada a las rentas del capital.
– La determinación de la responsabilidad jurídica de todos los instrumentos de la automatización y de las consecuencias de su uso.
– La protección de las personas, de forma colectiva e individual, frente a los usos impropios de los instrumentos de la automatización. Protegiendo especialmente tanto la educación y formación de los individuos como su libre albedrío.
El beneficio compartido en la generalización de la Inteligencia Artificial:
– La garantía del acceso universal a todos los recursos e instrumentos de la automatización.
– La protección del conocimiento colectivo como patrimonio común de la humanidad y los mecanismos de control y retribución justa y delimitada de la propiedad intelectual.
– La preservación de espacios de actividad, creatividad, pensamiento, acción e iniciativa reservados a los humanos. Tanto de forma individual como colectiva.
Del debate, acuerdo y aplicación de los tres apartados y nueve puntos propuestos depende, en buena medida, la evolución pacífica de las sociedades y los países en una nueva etapa en que la automatización y sus instrumentos estarán presentes de forma universal en los distintos órdenes de vida. No podemos perder la oportunidad, en esta evolución, de garantizar la sostenibilidad segura de la vida y la biodiversidad en nuestro planeta, así como de avanzar hacia una prosperidad compartida y equitativa en un mundo de ciudadanos libres e iguales. Todo ello como garantía de mayor justicia social, mayor solidaridad y mayor fraternidad.







