Me alegré mucho cuando escuché al Director General de RTVE que España no iría al Festival de Eurovisión por la presencia de Israel. Un hecho que fue secundado por otros países y al que podrían añadirse más, salvo que hagan caso al llamamiento alemán, víctima de sus fantasmas.
No soy en absoluto seguidor del festival de marras. Sus historias de extrañas votaciones, compadreo entre países, anonimato para siempre de la canción ganadora, salvo gloriosas excepciones, y, por supuesto, el uso político del evento desde tiempo inmemorial, ahora centrado en el blanqueamiento del estado israelí, todo me resulta ajeno a lo que debería ser una cuestión estética y artística. Las reacciones en España, las esperadas. Pero no lo achaco a ninguna maniobra extraña, ni a motivaciones políticas. Lo digo porque, al escuchar las quejas de Feijóo y de Abascal por la retirada, creo que lo que habla en realidad es el dolor del club de fans de la música israelí que existe en la derecha española. Recordemos a la hoy portavoz del PP diciendo en redes que había que dar al dedo sin parar para que ganara la representante de ese país; si eso no es pasión…
Y después está lo del sorteo del mundial de fútbol en Estados Unidos, más concretamente en Washington, a quince minutos de la Casa Blanca. Y aquí sí que me declaro futbolero, aunque hace tiempo que me estoy quitando, no del deporte en sí, sino de todo lo que gira alrededor. En primer lugar, las insufribles ceremonias de cualquier tipo en que una pareja de presentadores se dedica a anunciarnos las maravillas que vamos a ver para después asistir al desfile de un grupo de viejas glorias que responden lo emocionados que están por asistir por enésima vez al mismo acto a responder las mismas preguntas. Y después, siempre con retraso, el motivo del acto, sorteo o entrega de algún premio (y donde, por supuesto, las mismas preguntas absurdas con respuestas estándar a los ganadores, da igual quién las pronuncie).
Pero lo de este año ha rizado el rizo. Ya sabemos de los tejemanejes de la FIFA, que es capaz de llevarse un mundial a Qatar, y su multimillonario jefe Infantino, pero lo que no sabíamos era que se podía transformar un sorteo en baboseo. Una hora lamiendo lo que sea a Donald Trump para después darle un premio sacado de la chistera, el de la paz, con reportaje incluido con los maravillosos logros que el presidente ha traído para la estabilidad al planeta. Y ahí se planta en el escenario el tipo a loarse a sí mismo mientras bombardea todo lo que se mueve en el Caribe, que felicita a Netanyahu por el buen uso que hace de las armas estadounidenses ejecutando gazatíes, que hace redadas y deportaciones indiscriminadas (ojo que dicen desde el gobierno que pueden utilizar los estadios para sus batidas) y amenaza al mundo entero con todo tipo de arbitrariedades. Patético. Anda el fútbol poco sobrado de ceremonias ejemplares; basta recordar a los que aplaudían a Luis Rubiales mientras decía lo del “piquito”.
Queda tiempo para el mundial, pero la verdad es que ahora mismo no me apetece nada.
¿Se han dado cuenta de una cosa? Lo que les gusta históricamente a las instituciones de todo tipo es reírles las gracias a los sátrapas, además de loar sus virtudes. Pasó en los momentos más duros del siglo pasado y sigue pasando.








