Cuando se sobrepasan ciertos umbrales de tensión, lo que se nos viene encima puede asemejarse más a un tsunami contrademocrático que a la conformación de nuevas mayorías
La llamada “campaña permanente” fue una fórmula concebida por asesores de comunicación en los años ochenta, en tiempos de una hegemonía de la televisión. Consistía en mantener el ritmo y la tensión de la campaña electoral durante todo el periodo de mandato. Gobernar era lo de menos; lo que importaba era comunicar. Se trataba de mantener al líder en el centro del foco mediático, seguir las encuestas al milímetro y fabricar relatos favorables al gobierno, aunque estos falsearan la realidad.
En su momento, la fórmula fue una innovación estratégica, hoy, en cambio —cuando mandan las redes sociales y vivimos en un estado de conexión permanente—, la campaña permanente se ha convertido en un imperativo categórico. Por esto, la política se ha transformado en un espectáculo frenético y caótico, en un teatro sin pausas donde solo se actúa para la galería. Un espectáculo que transforma las declaraciones y los programas en un rosario de eslóganes vacíos.
Tras el ‘show’ vivido recientemente en el Senado y con elecciones a la vista —en Extremadura en diciembre; en Castilla y León, en marzo; y en Andalucía, en julio—, parece evidente que España ha entrado ya en una campaña electoral permanente que se prolongará, como mínimo, hasta las próximas elecciones generales (cuando menos). Y es muy posible que los estrategas de comunicación, las empresas encuestadoras y los medios celebren ese ritmo, porque verán aumentar sus ingresos. Pero para la democracia puede ser letal: casi ningún sistema democrático resiste indefinidamente en modo campaña sin exponerse a graves peligros.
Una esfera pública intoxicada
¿Qué peligros?
Aumentará la tensión parlamentaria hasta cotas impredecibles. Será cada vez más difícil aprobar leyes. El ruido se hará ensordecedor porque los bloques mediáticos reforzarán sus trincheras: unos invocando el “no pasarán” frente al fascismo, y otros proclamándose “salvadores de patria(s)”. La esfera pública se sobrecalentará, y lo que antes era discrepancia legítima se convertirá en animadversión permanente y en odio.
El resultado será una sociedad aún más polarizada, una ciudadanía agotada por la bronca continua y unas instituciones políticas más desgastadas que nunca antes en democracia.








