Cualquier grupo humano, organización, institución, familia —añádase a la lista todo lo que se quiera— es susceptible de tener disidencia interna, es decir, a alguien o a varios que no estén de acuerdo con cómo o quién hace las cosas. Por la naturaleza de esta publicación, es evidente que me voy a referir al ámbito político y, en concreto, a las voces discrepantes en el socialismo español.
Vaya por delante una descripción del, llamémosle “crítico”. En primer lugar, levanta simpatía. Es lo de las minorías que se enfrentan a la homérica y marmórea organización, el cowboy apareciendo por el horizonte. El que ve la verdad y es repudiado por la ignorante masa (un remedo de la caverna de Platón). El bueno siempre es un solitario que trabaja con una única herramienta, “su verdad”, frente a todos los medios que en su contra utiliza el “aparato”, una especie de supraorganización oscura que se mueve en las cloacas con la única misión de salvaguardar y mantener la ortodoxia. Pues bien, ya tenemos a nuestro “héroe” preparado y encontrando eco a sus advertencias, eso sí, en los medios del contrario, que le abrazan como el mesías que encarna las “auténticas esencias de la ideología” y le emparenta con las viejas glorias socialistas que velan sus sueños (ya he dicho alguna vez que los que nos declaramos socialistas no sabemos lo que somos; nos lo tiene que decir la derecha, que sí lo sabe, y nos afea no seguir el camino recto…; una inmundicia sobre la que volveré otro día). Recorre platós, de la derecha, claro, y se acerca a las alcachofas a responder con críticas al partido y sus líderes, aunque le pregunten a cuánto va el kilo de manzanas. En resumen, lucha titánica, épica, ejemplar por defender unos principios frente a la mayoría errada (o herrada) de la militancia, sinónimo de aborregamiento con los líderes.
A estas alturas de la película ya se habrán imaginado de quiénes hablamos. Emiliano García-Page, que dice que el gobierno y su presidente son un lastre. Felipe González, que cuando cayó Pedro hace años dijo que se alegraba y ahora incluso dice que no votará al PSOE, pero añade con “dignidad” que no votará a la derecha (no hace falta que pongas una papeleta más, ya les haces la campaña). Eduardo Madina, que cual faro de moral ya sabía lo que iba a pasar con los secretarios de organización años antes (coincidencia, a partir de cuando perdió las primarias); Susana Díaz, que tiene querencia por los platós y radios de derechas en las que jamás la he escuchado defender al partido al que pertenece de las embestidas de sus contertulianos; al revés, sonríe con suficiencia (otra que perdió las primarias).
Antaño, las organizaciones políticas lo resolvían con la “purga”. “Quieto todo el mundo”, que diría Tejero, que no estoy hablando de esto; es un comentario de mi gremio de historiadores y, por lo tanto, ni juicios de Moscú, ni “cuchillos largos”.
Cuando uno pertenece a esta organización, nadie te ha puesto una pistola en el pecho, ni te priva de criterio, ni de foros de discusión. Por supuesto que sobre algunas decisiones y personas estarás más o menos de acuerdo, pero eso es la democracia interna y, por lo tanto, esa discrepancia puede ser discutida, incluso asumida en algún momento o formar parte de las acciones de una nueva dirección. Pero eso sí, respetando los órganos internos y las decisiones del partido, el aparato, porque el socialismo no tiene otra cosa que su organización. No tiene medios de comunicación, ni poder financiero, ni nada por el estilo, solo su gente y la fuerza del partido como estructura que, si se debilita, el sufrimiento político es enorme. Desgraciadamente, esta gente sabe que es así y también el daño que hacen cada vez que hablan amplificado en medios y jaleado por el oponente político; luego juegan en otro terreno. Actúan a sabiendas y, la verdad, hacerle daño al partido creo recordar que no ha estado nunca en los estatutos ni en los valores de la ideología y la organización.
Si tan fuera os encontráis, hay una vieja tradición en la izquierda: salid y formad otra organización. Seguirán haciendo daño, pero igual se dan cuenta de su peso fuera del PSOE. Igual ya no los llaman a tertulias, ni presiden comunidades. Cuando uno está a disgusto en algún lugar, se va. Igual encuentran acomodo en el contrario y entonces el adjetivo cambia: traidores.
Entre la épica de un héroe y la de un idiota —recordemos, el que hace daño a los demás y a sí mismo— la línea es muy delgada. Y si tengo que escoger, ¿a quién adjudico lo de héroe y a quién lo de idiota, entre Pedro Sánchez y los nombrados? Blanco y en botella.






