(Escrito el pasado 3 de enero)
Acabo de ver las explosiones en Caracas. Estados Unidos vuelve a la política de las cañoneras que inició allá por 1898, tras rebajar las fronteras de México hasta Río Grande (tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos, dicen los mexicanos maldiciendo su suerte).
¿Y qué decir? La actual administración americana bendice a Netanyahu, ataca Nigeria, amenaza a Irán. ¿Qué se le puede decir a Putin? Y ya puestos, a China se le puede ocurrir ir a por Taiwán.
Tres a la mesa cortando el pastel mundial. Me recuerda aquella imagen de las potencias europeas repartiéndose África durante la época colonial, la del imperialismo. La historia no se repite, pero rima, y la pulsión imperialista continúa.
Los historiadores -y yo entre ellos- consideran aquel episodio como prolegómeno del enfrentamiento mundial de 1914 y donde se ensayaron las políticas racistas y de violencia brutal que afloraron con toda virulencia en los años 30 y posteriores.
Estamos en otro momento y otras son las circunstancias y no soy nada apocalíptico, de verdad. ¿Cuál será la continuación? ¿Qué hará Europa? ¿Le pondrá sanciones a Estados Unidos? ¿Y la ONU? Bueno, de este último, con el Consejo de Seguridad y su absurdo funcionamiento de vetos, nada que esperar. Y, aunque sea colateral… ¿Los del Nobel y su premio de la Paz?
Y algo personal. Como historiador, tenemos etapas a las que nos dedicamos más que a otras por afinidad y también personajes que interesan más que otros. Reconozco mi debilidad por Ernesto Guevara, el “Che”, el símbolo del antimperialismo, que escribió en 1965: «Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con la adarga al brazo». Pues allá vamos, que no sea por nuestro silencio.








