Hegel, el filósofo alemán vio en la Revolución Francesa un hito en la lucha por la libertad, ya que para él la historia era un relato de esa lucha. El protagonista era lo que llamaba el espíritu de la humanidad, que se desarrollaba y desplegaba gracias a los sujetos que eran los pueblos-nación. A lo que añadía que, a pesar de ese protagonismo colectivo, pocos eran los que encarnaban de manera decidida ese nuevo ideal y decantaban la historia, “el gran hombre”, conduciéndola a una finalidad determinada.
Sirva esta filosófica introducción para hablar del momento que vivimos y que, con permiso del pensador de Stuttgart, utilizaré como base de esta aportación semanal. No por seguir a pies juntillas su planteamiento, que como historiador no lo comparto, pero que tiene elementos interesantes ya que tampoco está hablando de cosas tan extrañas.
Como se puede ver, vivimos tiempos de lodazal en la política, pero no nos centremos sólo en España, sino en el mundo en general. A lo sucedido en Portugal, se anuncia un avance importante de la extrema derecha en las elecciones europeas. Putin ha ganado con claridad, permitan el sarcasmo, en Rusia. Trump amenaza la presidencia estadounidense sobre una alfombra de jueces vitalicios nombrados por él. Milei depredando su país mientras que los argentinos esperan levantarse una mañana y ver sus cuentas llenas como por milagro. Y, por no seguir, la bronca ha llegado hasta el parlamento europeo.
“El gran hombre” fue la solución de los años 20 y 30 del pasado siglo. Después llegó la guerra y se sustituyó por algo que considero fundamental: el fortalecimiento y respeto a las instituciones democráticas. Durante más de sesenta años, la dolorosa vacuna que representó la Segunda Guerra Mundial evitó el retorno de esos “grandes hombres”, pero como un virus anidaba en algún sitio y se mantuvo en letargo. La receta preventiva, la fortaleza institucional y la preservación de los valores democráticos por encima de todo, hizo su trabajo. Pero el virus fortalecido ha salido del letargo y ataca directamente a esa fortaleza.
La derecha abrazó y dio la bienvenida al fascismo, en su afán por hacer desaparecer a la izquierda en aquellas décadas terribles previas a la guerra. Después tuvo que disimular y aceptar la presencia de esa izquierda que hizo Europa. Algunas aceptaron pero otras, como la española, guardaron como un tesoro aquello que las había encumbrado al poder, al que consideraban y siguen considerando suyo.
Hoy el ataque es furibundo, pero no nos dejemos engañar: no es sólo personal o por corrupción. El objetivo es laminar, desprestigiar e incluso iré más lejos, liquidar la fortaleza institucional. ¿La alternativa? “El gran hombre”. Trump, Putin y añadan sus satélites en todo país y comunidad, siguiendo el mismo guión. Feijóo y Ayuso estarían encantado y encantada de recibir ese calificativo. Todos hablan de la crisis de la democracia, pero nadie parece salir al rescate, más allá de respuestas más o menos contundentes, que en nada dañan al bien engrasado aparato mediático de esos “grandes hombres” · Aparato que ataca a personas, pero que siembra minas en lo institucional e incluso jalea la violencia. No soy conspiranoico, pero haberlas, hay las.
Cuando oigo intervenciones de la derecha en el Parlamento español reconozco que se me pone la piel de gallina por lo que llevan en la ficha mezclándolo todo. Ahora las palabras de moda son prostitución y cocaína, sin hacer una sola referencia a la política o a la gestión y el tono en que lo hacen. ¿Se han fijado que jamás llaman presidenta a Francina Armengol? ¿Cómo lo dijo Feijóo? Convertir en un infierno la legislatura, sin duda lo que se puede esperar de un servidor público.
Me niego al “todos son iguales”. Lo mismo que alguien empezó la guerra en el 36, por mucho que haya que desde una superioridad moral mal entendida diga que ambos bandos tuvieron la culpa. Los medios de derechas se dividen en dos, los que jalean a PP y VOX y los que sin rubor y desde esa superioridad moral dicen que todos son iguales y no toman partido por nadie. Si hay un nazi en la mesa con otras diez personas y se le deja tirar parar adelante, hay once nazis.
El “gran hombre” es cosa de derechas. La manera de llegar es liquidar lo único que lo puede impedir, la fortaleza institucional. Ejemplos de asalto ya tenemos unos cuantos, de masas enfervorecidas y poseídos por la fe en el líder, no hace falta mirar reportajes de los años 30.
Última hora: Puigdemont, otro que va de “gran hombre” se presenta a las elecciones quizás habría que empezar a recordar lo que planteaba para la Cataluña independiente, donde se comería helado todos los días. Ahí está la hemeroteca.




