Luís Miguel Guerra es profesor, historiador, novelista y secretario de Formación del PSC de Barcelona. También es miembro del Comité de Redacción de l’Endavant.
Hagamos un poco de historia. El termino liberal surgido a finales del siglo XIX, era sinónimo de progresismo y defensor del mejor lema político de la historia, “Libertad e igualdad” y al que se añadió, con mucho sentido, a partir de 1830 el de “Fraternidad”. Base de las ideologías contemporáneas de un lado y de otro (recordemos a Indalecio Prieto del PSOE, cuando dijo aquello de que se había hecho socialista a fuerza de liberal) delimita claramente, examinando cada uno de los conceptos, entre conservadores y progresistas, entre derecha e izquierda. Sin embargo, cada estado lo desarrolló por sus propias circunstancias y España no iba a ser menos. Trataré de resumir al máximo en un ejercicio en el que, lógicamente, habrán de añadirse los matices.
Absolutismo monárquico como en el resto de Europa, guerra de la Independencia y el primer intento de dotar a España de una Constitución liberal (1812). Y, al igual que en Europa, tras el paréntesis napoleónico, retorno del absolutismo (Fernando VII). Y aquí comienza la diferencia, o el matiz español: tres guerras civiles (las carlistas) entre liberales y absolutistas y la continua presencia de la fuerza en la política, donde los generales marcaban el ritmo y donde el liberalismo gobernante seguía vinculado a los poderes tradicionales del país: el agrario, la iglesia y una burguesía que, lejos de ser revolucionaria, se había hecho terrateniente, mirándose en el espejo de la nobleza. Seis años entre 1868 y 1874 que verdaderamente pudieron ser revolucionarios, truncados por la muerte de Prim (también general, no lo olvidemos) y una república que no cuajó. Después el retorno del rey Borbón y el período de paz y estabilidad que dio la llamada Restauración a un país harto de vaivenes. Un sistema que amplificó el caciquismo (sigue siendo básico leer a Costa), mantuvo el poder tradicional y silenció a las masas. Un sistema que aguantó hasta 1930, descomponiéndose sin remedio dando paso a la Segunda República. Sin olvidar la primera experiencia autoritaria de la derecha, con la dictadura de Primo de Rivera. Después, ya sabemos, la guerra civil y la victoria…
Ninguna tradición intelectual en la derecha española y una actividad política basada en el enfrentamiento (salvo honrosas excepciones) y en la eliminación del contrario. Todo vale, porque la única cosa que les adorna es eso: la victoria. No hay que extrañarse que el votante de derechas español vaya teniendo más apetencia de votar a la extrema derecha. Los dirigentes del PP comienzan a utilizar el mismo lenguaje y presumen de que la calle les da la razón (“La calle es mía”, gritaba su fundador) cuando lo que ha pasado es que están incubando el huevo de la serpiente, a base de manifestaciones y eslóganes cuyas consecuencias son imprevisibles. Ahora son gritos e insultos. Mañana, si hacemos caso al líder de la ultraderecha, serán lloros y lamentaciones. Utoya, Olof Palme, Jo Cox, … víctimas de los que salieron del huevo incubado por la irresponsabilidad furiosa, que ha hecho del ruido su argumento intelectual.
La deriva de la política hacia el enfrentamiento y el odio, el deseo de volver a escuchar aquello de “cautivo y desarmado el ejército rojo… Formas trumpistas deslegitimando la democracia y arrogándose la voluntad popular, el cavernario lenguaje del exabrupto, la retórica falangista del trabajo, el apoyo a algaradas y acosadores… No voy a volver a repasar la historia, pero si alguien tiene ganas, que le eche un vistazo a los años treinta. La diferencia es que en Europa la guerra la perdieron y en España la ganaron.




