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Veinticinco años después

Veinticinco años después

Ernest Lluch fue asesinado el 21 de noviembre de 2000, en torno a las 9:30 de la noche, en el aparcamiento de su casa, en la Avenida Xile del barrio de Les Corts.

Hace ya veinticinco años. Los integrantes del comando Barcelona -a quienes se atribuyó este asesinato y otros— fueron condenados en el año 2000 por la Audiencia Nacional a 33 años de prisión cada uno y a indemnizar a la familia de la víctima con 460.000 euros. Aunque ninguno de ellos haya mostrado desde entonces voluntad alguna de asumir la justicia reparativa, lo cierto es que ETA ya no existe y no mata. Y no cabe duda de que la figura ejemplar de Ernest Lluch contribuyó a ese desenlace.

Hace veinticinco años, y también hoy, Lluch representaba lo mejor de la política democrática y del compromiso socialista: la justicia social, el rigor intelectual, el compromiso cívico y la convicción profunda de que la conversación pública es el mejor antídoto contra la violencia. “Si chilláis, no matáis”, les dijo una vez a unos alborotadores que intentaban interrumpir un mitin socialista en el País Vasco con gritos a favor de ETA.

Veinticinco años después, con mayor perspectiva, podemos percibir con claridad la absurda perversidad de aquel crimen y su radical sinsentido: asesinar a quien había defendido toda su vida, y con toda convicción, la libertad, la diversidad y la justicia.

Por eso, transcurridas dos décadas, en un contexto internacional de convulsión democrática y cuando se cumplen también 50 años de la muerte del dictador Franco, la figura de Lluch adquiere una relevancia especialmente significativa.

Lluch no fue solo un político, un ministro o un militante del PSC: fue, sobre todo, un ciudadano comprometido con las libertades, la democracia y el socialismo. Fue estudiante y después profesor universitario, y en los últimos años del franquismo se sintió empujado a la política por responsabilidad. Ligado al Movimient Socialista Català —de Manuel Serra Moret y Joan Raventós, de orientación humanista, europeísta y socialista—, contribuyó decisivamente a la convergencia de todas las corrientes socialistas catalanas en el actual PSC, un partido que desde entonces integró democracia, socialismo, federalismo y un profundo deseo de justicia social.

En tiempos de dictadura, cuando en algunas reuniones clandestinas se planificaban acciones y movilizaciones concretas, cuentan quienes participaban en ellas que Lluch no renunciaba nunca al debate intelectual ni a la reflexión política crítica. Sabía que en política son tan importantes las ideas y los ideales como la acción.

Su etapa como ministro de Sanidad fue la expresión más visible de ese espíritu intelectual y político. A él debemos la primera ley democrática de sanidad, que hizo efectivo el derecho universal a la salud y a la atención médica. Su defensa del derecho a la salud, uno de los pilares esenciales del estado del bienestar, fue siempre firme y basada en el sentido común. Huyó del partidismo y de la polarización ideológica, y entendió que el derecho a la sanidad derivaba de un elemental principio de justicia social. Aunque no logró evitar los conflictos entre intereses contrapuestos, siempre supo, mediante la escucha y la convicción, sacar adelante una ley que marcó de forma indeleble nuestra democracia y convirtió nuestro sistema sanitario en uno de los mejores del mundo.

Tal vez, convendría tener en cuenta su ejemplo precisamente ahora, cuando el Gobierno presidido por Pedro Sánchez propone renovar y adaptar nuestro sistema sanitario a los nuevos tiempos.

Tras su paso por el Gobierno, Lluch regresó a su territorio natural: la universidad. Desde la cátedra y, especialmente, desde la UIMP, volvió a ser un referente. Aspiraba a que España contara con un espacio académico abierto, conectado con el mundo y que aspirara permanentemente a la excelencia.

Ernest Lluch era intelectualmente riguroso y crítico, pero combinaba ese talante con una gran generosidad y con una vocación de estudio permanente y muy intensa, lo que le permitía estar siempre al día sin necesidad de preparar de forma forzosa sus clases. Es célebre que, ya en la UIMP, un día en que un conferenciante internacional faltó a su cita, decidió ocupar él mismo la hora prevista con una exposición improvisada -sobre las redes comerciales mediterráneas del siglo XIX-. Sin un solo apunte, de memoria y con claridad, logró el aplauso unánime del público al terminar.

Veinticinco años después de aquel 21 de noviembre, vivimos en un país distinto. ETA es ya solo un mal recuerdo. Las demandas políticas de Euskadi, Catalunya y de cualquier autonomía se debaten en el Parlamento y en la esfera pública sin la presión de las armas ni de la represión. La democracia, pese a sus tensiones, ha triunfado sobre la violencia. Ha demostrado ser más fuerte que el terror. Por eso la figura de Lluch sigue viva y plenamente vigente: su defensa apasionada de la democracia, del europeísmo, de la apertura intelectual y del pensamiento crítico continúan siendo esenciales hoy en día.

Recordar a Ernest Lluch no es un acto de nostalgia, es un ejercicio de democracia y una oportunidad. Porque Lluch representa una manera de entender el servicio público que hoy necesitamos más que nunca: aquella que combina la convicción con la escucha; las ideas con la empatía; el rigor con la flexibilidad; y el espíritu reformista con la voluntad de acuerdo.

Veinticinco años después, Ernest Lluch sigue siendo mucho más que un recuerdo. Su ejemplo —cívico, intelectual y político— continúa marcando el camino de quienes creen que la democracia se construye conversando, reformando y respetando.

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