Vamos con un decálogo, el del buen fascista. En el bien entendido que es una elaboración personal y está abierta a cualquier aportación, de izquierdas, por supuesto. ¿Sectario? En esto sí, no tengo remedio.
Del buen fascista:
- Polariza, que algo queda.
- Normaliza las violaciones de derechos humanos.
- Reescribe la historia.
- El adversario es tu enemigo.
- Deslegitima las instituciones democráticas.
- Deslegitima el diálogo y la verdad.
- Exagera por lo alto que cualquier disminución parecerá aceptable.
- Desinforma con cualquier medio a tu alcance.
- Miente.
- Normaliza el racismo, la xenofobia y el machismo.
Dándolo por bueno, añado las siguientes variables:
- El adormecimiento social que lleva el habituarse, es decir, a reaccionar cada vez menos cuando lo que sucede es constante o cambian muy lentamente.
- Tesis del mal olor. Al cabo de un tiempo frente a la peste, deja de percibirse.
- La relatividad. La comparación con la historia o hechos en el mismo tiempo es la forma de percibir determinados eventos.
Sencillo, pero efectivo, terriblemente efectivo. Y no solo es por la acción directa de esta gente, sino por un ambiente general que lleva a chicos de 4º de la ESO a decir que están siendo discriminados frente a sus compañeras (informe ICPS) o a que chicas jóvenes se acerquen a la extrema derecha (GESOP).
Podríamos hacer el antidecálogo y ya está, pero eso ya lo hacemos. Creo que la clave está en las variables. Hay que evitar el adormecimiento social, no es fácil, pero más lo es si no se va contra ello. No se puede normalizar ninguna acción contra los derechos humanos, ni aquí ni en Gaza; cada día hay que escandalizarse utilizando todos los medios a nuestro alcance. No ceder ante la peste, al primer síntoma, buscar la causa y extirparla. La historia es la historia y somos muchos los profesionales dando la batalla que no por tener la razón hemos de chillar menos. Y nada es relativo, cincuenta muertos diarios en Gaza no son aceptables al compararlos con Auschwitz.
Sin desfallecimiento hay que dar la batalla cultural, de valores, de principio, de razón. Pero cuidado, estamos hablando con gente que desprecia el diálogo porque su objetivo es deslegitimar al contrario (persona o institución) y, por lo tanto, no se puede dialogar en el sentido civilizado del término.
Seguro que alguno preguntará y ¿cómo se hace? Les pongo un ejemplo. ¿Recuerdan el aciago debate de Feijóo y Pedro Sánchez en la última campaña electoral? Miguel Ángel Rodríguez preparó al gallego enseñándole el galope de Gish (técnica muy utilizada por esta gente en cualquier lugar) o ametralladora de falacias. Lanzar diferentes y rápidas falsedades o medias verdades de tal manera que el oponente no puede responder a todas y llega a no saber cuál atacar. Esto va acompañado de interrupciones continuas cuando intentas desmontar, aunque no sabes por dónde empezar.
Pues bien, ¿qué hacer? (y lo digo por experiencia): dejar que vacíe el cargador y esperar; en algún momento, hasta las idioteces se acaban. Después, no tratar de contestar nada de lo que ha dicho, sino desenmascarar cómo lo ha hecho, explicando la técnica utilizada y que solo tiene validez si lo que se dice es falso y que es la técnica desde Goebbels. Ergo, todo lo escupido es mentira. ¿Qué intenta interrumpir? Hay dos maneras, aunque puede haber más. José Luis Rodríguez Zapatero pone la mano sin más y eso impone; o Rufián, diciendo ¡Cállase!; o más atrevido, como el gran José Antonio Labordeta, mandar a la mierda.
En próximas entregas seguiré trabajando el tema. Con la buena voluntad no basta, y la ignorancia que hay enfrente no respeta nada.
Hagamos que ser “facha” vuelva a ser motivo de vergüenza.








