En política se utiliza a menudo la expresión “nadie es imprescindible”, y en una gran mayoría de ocasiones es una expresión acertada que, además, pone de relieve el carácter colectivo de un proyecto político. Pero toda regla tiene sus excepciones. Y una excepción incuestionable es la de Josep Maria Triginer, que nos dejó ayer. Quienes tuvimos la oportunidad de colaborar con él, o simplemente conocerle, sentíamos de inmediato su autenticidad, su pasión política, su compromiso, imposibles de enmascarar tras una acendrada timidez. Al escribir apresuradamente su obituario, corro el riesgo de dejarme cosas importantes en el tintero. Al fin y al cabo, le conocí en 1978 y su militancia socialista se inició en 1962. Seguro que sus compañeros de clandestinidad, con quienes compartió la ingente tarea de reconstruir las Juventudes y la Federación Socialista de Catalunya (PSOE) en aquellos difíciles momentos, nos proporcionarían elementos cruciales de su carácter que le convirtieron en líder.
Si le hubiesen gustado títulos y honores, hablar de él como uno de los padres fundadores del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC-PSOE) sería ajustado. Ciertamente, el proceso de unidad socialista fue un proceso colectivo que no solo vinculaba a las tres organizaciones fundacionales -FSC (PSOE), PSC (c) y PSC (r)- sino que se extendía a exponentes del mundo sindical y asociativo y recogía también experiencias políticas inspiradas en el humanismo cristiano, la socialdemocracia, el socialismo de raíces marxistas e incluso de sectores más a la izquierda que recalaron en el PSC. Pero para simplificar solemos atribuir el papel de fundadores a Joan Reventós, Josep Verde i Aldea y Josep María Triginer. Perdimos hace ya tiempo a Reventós y a Verde y hoy nos toca despedir a Josep Maria.
Josep Maria era el máximo dirigente de la Federació Socialista de Catalunya (PSOE). Un pequeño partido, entonces todos lo eran, al que a veces se pretendía presentar como un implante externo a la realidad catalana. Algunos conscientemente querían olvidar que el primer Congreso del PSOE, el que aprobó formalmente el llamado “programa máximo”, se celebró en Barcelona en 1888, cuando el mayor número de agrupaciones socialistas de toda España se encontraba en Cataluña.
Josep Maria creyó siempre en la necesidad de un socialismo catalán articulado federalmente con el Partido Socialista Obrero Español. Recelaba de todo nacionalismo, al entender que romper la solidaridad entre todos los trabajadores españoles diluía el proyecto socialista y el nacionalismo acababa supeditando las luchas obreras a los intereses de las burguesías nacionales. Defendió incansablemente su visión y lo cierto es que muchos de sus planteamientos acabaron siendo aceptados muy mayoritariamente por los y las socialistas de Cataluña (organización de base territorial, opción sindical ugetista, incorporación a la Internacional Socialista, relación estrecha con el PSOE, entre otras). Se decía a veces en tono burlón que unos pusieron las ideas y otros la dirección política. Lo cierto es que el proceso de unidad socialista, no exento de tensiones, culminó con éxito gracias, entre otros, a la tenacidad, convicción y compromiso de Josep María Triginer, abogado incansable de dos pilares básicos: la unidad civil de los catalanes y el trabajo permanente en favor de la justicia social.
Josep Maria Triginer, nacido en Agramunt, estudiante en la Escuela Industrial de Terrassa, perito industrial, fue militante clandestino primero, para luego convertirse en la transición y los primeros años de la democracia recuperada en una de las caras visibles del proyecto del socialismo catalán. Su incansable labor para reconstruir las Juventudes Socialistas y la Federación Catalana del PSOE le llevó a convertirse en secretario general de esta última, redactor de la ponencia sobre Nacionalidades y Regiones del congreso del PSOE celebrado en Suresnes, miembro de la dirección federal del partido, y posteriormente, miembro del Gobierno de unidad presidido por Tarradellas, diputado y senador.
Hombre de ideas y de acción, su papel clave en la etapa fundacional del PSC le hace merecedor de elogio y memoria.
El mejor homenaje es recordar su legado y por ello no me resisto a transcribir cinco citas de su libro “Socialdemocracia hispana”:
¨Solo se puede aprender de la historia que no se olvida”.
“Desde el punto de vista de la gestión de la voluntad popular, la finalidad de la política es la de reducir la incertidumbre. Ese es el papel que antaño se confiaba a las creencias religiosas y, más tarde, a las convicciones ideológicas, pero si asumimos que el futuro de la sociedad se decide por esta, la finalidad de la política es la de pactar con los ciudadanos el rumbo que la sociedad debe emprender”.
“La manipulación política se basa en que los conservadores utilizan la incertidumbre para incentivar las raíces culturales y sus símbolos, fustigando los temores al cambio y fomentando actitudes defensivas respecto a supuestas o reales amenazas”.
“El realismo político es la condición previa para ganar la autoridad que nos haga merecedores de recibir la confianza política
“El voto acaba expresando la confianza hacia quienes se les cree capaces de afrontar los retos del momento”.
No te olvidaremos, Josep Maria.




