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UE: autonomía digital o sumisión al neocolonialismo

UE: autonomía digital o sumisión al neocolonialismo
  • José Manuel Pérez Tornero

    Director de l'Endavant!
    Catedràtic emèrit de Periodisme per la UAB.
    Expresident de la Corporació de RTVE.
    Coordinador el Programa de la UNESCO Media and Information Literacy and Intercultural Dialogue.
    Director de la Cátedra UNESCO Media and Information Literacy and Quality Journalism.

Europa no debe elegir entre sumisiones. Tenemos capacidad económica, poder regulatorio y legitimidad política para defender un tercer camino

Me inquietó desde que la vi —y creo que perturbó a todos—. Aquella fotografía derribaba muchos valores que la UE ha enarbolado en los últimos tiempos: líderes europeos sentados frente a Donald Trump en el Despacho Oval, en actitud de alumnos obedientes ante quien parecía su maestro. Una imagen que evocaba nuestro histórico complejo de inferioridad ante el ‘amigo americano’.

No era una anécdota. La instantánea —promovida por la Casa Blanca— simbolizaba una dependencia estructural forjada tras la Segunda Guerra Mundial, con raíces culturales en acuerdos como los de 1946 entre Léon Blum y James Byrnes -cuando Francia aceptó cuotas obligatorias de cine estadounidense a cambio del Plan Marshall-.

Ese caballo de Troya resultó ser el inicio de una claudicación cultural que abrió paso a la americanización de la vida cotidiana europea. Primero fue el cine, después la televisión y los satélites, luego las plataformas audiovisuales y, hoy, el dominio feudal-digital de Silicon Valley.

A finales del siglo XX se decía que “los medios eran americanos”. Hoy ya no son solo los medios: casi todo el sistema tecnológico de la Unión Europea depende de Estados Unidos.

Algunos quieren hacernos creer que esta claudicación es conveniente. Que el único dilema geopolítico se reduce a someterse a Washington o a Pekín. Pero esa dicotomía es simplista y engañosa. La amenaza principal no es una supuesta agresión china —hoy aparentemente lejana—, sino nuestra sumisión voluntaria al ecosistema cultural y tecnológico estadounidense.

Los datos son claros: nueve de las diez mayores plataformas digitales son norteamericanas y dominan Europa. Google controla el 92 % de las búsquedas; Meta, el 80 % del tiempo en redes sociales; Amazon, un tercio de la nube pública; Apple fija unilateralmente los estándares técnicos. Y la actual carrera de la IA funciona como una opa hostil sobre la ciencia y la producción de contenidos mediáticos en Europa.

Esto no es simple competencia de mercado, sino indicios de la hegemonía norteamericana sobre infraestructuras críticas: militares, científicas, educativas, mediáticas. Cuando una de estas compañías amenaza con retirar servicios si no aceptamos sus condiciones, o hunde con un algoritmo la audiencia de un medio digital, se coloca por encima de los estados y de la propia Comisión Europea.

El presidente estadounidense lo ha expresado con crudeza al amenazar con más aranceles si Europa intenta regular mínimamente a ‘sus’ tecnológicas. No lo olvidemos: Washington presiona con constancia. El caso del impuesto digital francés en 2019 lo mostró: la amenaza fue inmediata. El mensaje es claro: sumisión en nombre de una supuesta protección que nunca pedimos.

China, por su parte, despliega una seducción más calculada, no por ello menos insidiosa. Su Iniciativa para la gobernanza global de la IA de 2023 habla de “soberanía digital” y “no injerencia”, términos atractivos para los organismos internacionales (como la Unesco) y europeos, recelosos del ‘big brother’ americano y ávidos de cierta ordenación que prevenga catástrofes. A la vez, ofrece cooperación en 5G, IA o transición ecológica, pero con condiciones estratégicas que no se nos escapan, y a cambio de una imposición no manifiesta: el silencio sobre las nefastas consecuencias para los derechos humanos que tiene en China la aplicación de la supervigilancia.

Frente a esta falsa dicotomía, Europa no debe aceptar el imperativo binario. De hecho, existen tres modelos distintos: el capitalismo de vigilancia privada de Silicon Valley, cada vez más autoritario; la supervigilancia estatal china, perfeccionada por el Partido único; y el modelo europeo de Estado de derecho digital y economía social de mercado.

Nuestras regulaciones —RGPD, ley de Mercados Digitales, AI Act— no son una ‘burocracia ridícula’ y no supondrán ningún obstáculo a la innovación: son la afirmación de nuestros valores y una Carta Magna del siglo XXI para una ciudadanía también digital.

Y proyectos como Gaia-X (nube europea), el consorcio Supreme (chips cuánticos) o los Digital Innovation Hubs muestran que la autonomía estratégica europea no es una quimera, sino una posibilidad real.

Pero el camino hacia la soberanía digital exige tres movimientos: primero, movilizar nuestro poder regulatorio y financiero para crear verdaderos espacios de compromiso y libertad y potenciar campeones industriales europeos; segundo, mantener cooperación selectiva con EE. UU. y China en áreas concretas, pero sin ilusiones estratégicas; tercero, equilibrar la relación con Washington y Silicon Valley, exigiendo reciprocidad y respeto a nuestras normas.

Europa no debe elegir entre sumisiones. Debe apostar por la autonomía. Tenemos capacidad económica, poder regulatorio y legitimidad política para defender un tercer camino, en el que la tecnología sirva a la sociedad y no al revés.

Enlace a la publicación original en El Periódico de Cataluña

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