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La mujer en el exilio: Protagonista de una doble lucha y eje de las familias

  • Per Ramiro Fuente
  • Publicat a Política

La conmemoración de los 80 años transcurridos desde el gran éxodo republicano de la Guerra Civil ha puesto de relieve el papel fundamental de las mujeres durante aquel prolongado exilio como figuras clave para la cohesión de las familias ante el desarraigo y víctimas de una doble marginación.

Del medio millón de exiliados que abandonaron forzosamente su tierra en los primeros meses de 1939 ante el avance de las tropas de Franco, al menos 200.000 eran civiles y, entre ellos, junto a niños y ancianos, predominaban las mujeres, que habían logrado con la legislación de la República avances históricos en su equiparación política, jurídica y civil a los hombres.

Ante la sublevación militar, las milicias populares se habían nutrido incluso de gran número de voluntarias, si bien pocos meses después se prohibió a las mujeres tomar parte en los combates -muchas siguieron luchando- y se las destinó a cometidos auxiliares en el frente o bien, en retaguardia, al cuidado de niños o enfermos, tareas educativas o misiones de enlace, espionaje o transporte de armas.

Nada más entrar en Francia, a mujeres y hombres les esperaba la reclusión, separados unos de otros, en campos de concentración como el de Argelès-sur-Mer, desde donde la mayoría de ellas eran repartidas a la fuerza entre localidades del interior, mientras otras muchas, con o sin su conocimiento, eran conducidas hasta la frontera y entregadas a las autoridades franquistas.

Amparo Sánchez-Monroy tenía menos de un año cuando fue internada con su madre, su tía y su abuela en las arenas insalubres de Argelès -en las que hubo violaciones y murieron de hambre y frío decenas de niños-, separada por alambradas de la zona de confinamiento para militares donde recluyeron a su padre, capitán del célebre Quinto Regimiento, y a su abuelo.

En una entrevista con Efe, Amparo relata cómo un día subieron a su madre, con ella en brazos, y a su abuela en un tren de mercancías con destino a un pueblo donde trabajaron entre la hostilidad de unos y la solidaridad de otros, primera etapa de un dramático periplo que se endureció aún más tras el estallido de la guerra mundial y culminó en una siniestra prisión.

Tras el reencuentro con su padre en una explotación agrícola cerca de Narbona, aún bajo la ocupación alemana, dio comienzo un exilio conjunto al que su madre se adaptó con más pragmatismo que él -convencido de que el franquismo acabaría pronto- y en el que compatibilizó el rol tradicional de madre de familia y trabajos mal pagados, en un entorno marcado por la xenofobia hacia los españoles.

La mujer era "el eje central de la familia", el elemento de cohesión y "el motor que daba fuerza", explica Sánchez-Monroy, delegada en Francia de Archivo, Guerra y Exilio (AGE), quien destaca cómo aquellas mujeres, activas colaboradoras de la Resistencia, arriesgaban su vida y su libertad tanto como los hombres, sufrían por los suyos y llevaban a cabo una "doble lucha" por sus convicciones políticas y sus reivindicaciones de igualdad.

Pese a ser recibidas en Francia con desprecio, las refugiadas procedían de una España republicana cuya legislación les había garantizado derechos superiores a los de las francesas, pero en el exilio tuvieron que aceptar modelos patriarcales y contradicciones entre sus ideologías igualitarias y su propia vida familiar, mientras la obligada prudencia dificultaba la integración en la sociedad local.

"Los republicanos han sido traicionados por unos y otros, pero las mujeres también por los mismos revolucionarios" e incluso hoy día "se ha avanzado poquito" en la liberación de la mujer, lamenta Amparo, que conoció la represión de Franco con 18 años, cuando sus padres la enviaron a estudiar en España y, tratada como sospechosa por haber nacido "roja", tuvo que regresar a Francia, donde estudió Derecho y echó "raíces nuevas".

El sacrificio, el sufrimiento, la marginación y la renuncia a una vida propia fueron también una constante para las mujeres de la familia de Elsa Osaba en un exilio que comenzó igualmente a principios de 1939 en Argelès-sur-Mer, donde su madre y su abuela sobrevivieron a dos inviernos antes de ser explotadas en régimen de semiesclavitud en una granja alpina.

Elsa, coordinadora de asociaciones de exiliados que compareció ante la juez argentina María Servini como querellante en la causa abierta por los crímenes del franquismo, fue concebida el día del desembarco de Normandía, cuando sus padres no sabían si podrían volver a verse, con su tío Francisco aún en Mauthausen y después de que en un hospital dejaran morir a su abuela sola y sin tratamiento.

Hasta que sus padres decidieron regresar al pueblo natal de él en 1959 -un duro retorno a un país irreconocible del que pronto se arrepintieron-, su madre afrontó el desarraigo del exilio con su círculo más cercano de compatriotas, volcada en tareas solidarias -acogida de nuevos refugiados y envío de ayudas a represaliados en España-, concienciados ambos en aplicar a su vida diaria el modelo de igualdad de sexos conquistado en la República.

A diferencia de México, que acogió a unos 16.000 refugiados, mujeres en un 40 por ciento, Francia supuso para los españoles precariedad económica y marginación de profesionales cualificados, algo que ellas vivieron en los dos países, forzadas a renunciar a su perfil laboral y centradas en su papel clave para la adaptación familiar al país de acogida, compatible con un importante activismo político.

Ochenta años después del gran éxodo republicano, las mujeres del exilio agradecen la calidad de la enseñanza pública recibida en Francia y denuncian abandono por parte del actual Estado español: "No se trata de reabrir heridas, sino de curarlas con justicia", argumenta Amparo, y reclama reconocimientos antes que homenajes: "Ninguna democracia sale de la nada; hay mucha gente que luchó por ella".

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