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Los socialistas españoles ante la Conferencia de La Haya de 1907

  • Per Eduardo Montagut
  • Publicat a Història

En 1899 y 1907 se celebraron sendas Conferencias en La Haya, que tendrían el precedente o la inspiración en el proyecto sobre las costumbres y leyes de la guerra de Bruselas de 1874 según la propuesta del zar Alejandro II. Así pues, estas Conferencias pretendían, si se nos permite la apreciación, “civilizar” la guerra, limitar los armamentos, no usarlos en determinadas circunstancias, y fomentar arbitrajes y mediaciones. La de 1907 (junio-octubre), concretamente, trató de los deberes de los países neutrales, el bombardeo naval, la colocación de minas submarinas, y las condiciones en las que los barcos mercantes se convertían en buques de guerra. Como es sabido, siete años después estallaría la Gran Guerra.

Los socialistas españoles dedicaron una breve atención a esta Conferencia en una columna en las páginas de El Socialista con el título de “Internacionalismo burgués”, enfrascados en su combate contra la Guerra de Marruecos, objetivo siempre prioritario del PSOE. En el momento de la publicación de la columna, los Comités Nacionales de los Partidos Socialistas español y francés lanzaban un manifiesto contra dicho conflicto. Además, se había celebrado el Congreso de Stuttgart de la Segunda Internacional con un marcado antibelicismo, incluyendo la condena de lo que estaba ocurriendo en Marruecos.

El artículo expresaba que el objetivo de dicha reunión de delegados de distintos países era atajar “los progresos tremendos de los armamentos”, pero se consideraba que una vez más se haría patente la impotencia de los Estados para dominar las fuerzas militares que tenían. Cada año aumentaban los presupuestos militares de la época de la paz armada, en una apreciación que se corresponde con la realidad que conocemos.

Los socialistas consideraban que los Estados capitalistas necesitaban los ejércitos y las escuadras para varios fines: conquista y defensa de las colonias, impedir cualquier intento de invasión de los vecinos, y hasta para mantener el orden (en el artículo esta palabra iba entrecomillada) dentro de los propios países. Pero ante este internacionalismo de signo burgués, paralelo al económico, se encontraba el internacionalismo obrero, que era el único que podía terminar con los antagonismos de la sociedad capitalista. Como era normal, el artículo hacía un alegato del internacionalismo socialista, con una lectura en clave de lucha de clases de las relaciones internacionales.

Pero se era optimista porque de los antagonismos de clase, de las guerras entre las naciones, el desorden y la anarquía, producto de la sociedad capitalista, se llegaría a un gran bien. Y eso ocurriría cuando los obreros, con conciencia de clase, se apoderasen del Estado y expropiasen a la clase capitalista, socializando los medios de producción. El desorden desaparecería porque ya no habría antagonismos de clase, reinando los intereses comunes. El internacionalismo capitalista había creado el internacionalismo obrero, y preparaba, por lo tanto, la fusión de las patrias. El patriotismo cambiaría, y adquiría un nuevo significado más digno porque sería de la Humanidad.

El optimismo, insistimos, era evidente; la realidad, como bien sabemos por lo que ocurriría no mucho tiempo después, hundiría esos deseos.

Hemos consultado el número 1123 de El Socialista.

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