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Nell Leyshon profundiza en "El bosque" sobre ser madre sin dejar de ser mujer

  • Per Pilar Martín
  • Publicat a Cultura
La escritora británica Nell Leyshon posa durante entrevista con Efe con motivo de la presentación de su última obra "El bosque". EFE La escritora británica Nell Leyshon posa durante entrevista con Efe con motivo de la presentación de su última obra "El bosque". EFE

Escribir sobre la "vida cotidiana" es lo que quería la británica Nell Leyshon, que con su nueva obra "El Bosque" ha convertido su deseo en un relato bello, cruel y positivo sobre la importancia del "día a día" en una mujer, madre de un hijo gay, en la Polonia ocupada durante la II Guerra Mundial.

Con reflexiones como éstas "la condición humana es no aprender nunca, volver a ser una y otra vez los animales que un día fuimos" y "el bucle incesante de la estupidez", Leyshon (Glanstonbury, 1962) salpica esta obra publicada por Sexto Piso de destellos que hacen que Zofia, la protagonista, arranque sentimientos de rabia, frustración y reconciliación durante la lectura.

Y lo consigue porque, según cuenta en una entrevista con Efe, en "El Bosque", y de manera "inconsciente" ha volcado algunas de sus experiencias como mujer y madre de un hijo gay y las ha mezclado con la infancia de su mejor amigo, el ilustrador polaco-británico de libros infantiles Jan Pienkowki.

"Cuando éramos niños él venía mucho a mi casa y me contó cosas de Polonia, de la guerra, de lo que vivió en un bosque durante un año y cómo vino a Inglaterra para aprender y vivir mejor", recuerda sobre las bases de esta novela de mujeres en la que no se "olvida" de los hombres.

Una historia que mezcló con su experiencia personal como mujer en una especie de batidora mental para llevar al lector a Varsovia, a la casa donde vive Zofia con su marido, su hijo Pawel, su hermana y su madre. Una familia de clase acomodada que con la llegada del ejercito nazi vive la más absoluta decadencia, así como los avatares de cualquiera que se oponía a esta situación.

En esta primera parte -el libro está dividido en tres- la autora nos presenta a una mujer en plena lucha entre su lado profesional, el de una mujer que sueña con tocar en las mejores orquestas; y su lado maternal, ése ante el que se pliega y se revuelve porque todas sus ansias de libertad se ven fulminadas por el instinto protector para salvar a su hijo y cumplir las órdenes de su marido.

Así es como pierde lo que Leyshon califica de "sofisticación", algo que se "esfuma rápido" en las mujeres, sobre todo en Zofia, cuando tiene que huir a un bosque para salvar su vida y la de su hijo. Un lugar donde su parte femenina desaparece para dar paso a la más primaria, cuidar sus vidas ante la amenaza del enemigo.

"Una guerra es una situación extrema. Pensamos que todo va a estar bien, pero las cosas pueden cambiar muy rápidamente", reflexiona sobre este hecho del que asegura que a día de hoy, aunque no vivamos en países con una situación bélica.

"Ahora puede entrar alguien en la cafetería que haga que nos cambie la vida por completo", avisa. Cuando Leyshon consigue hacer que sus protagonistas escapen del horror, y después de describirnos a un Pawel como un niño "raro", creativo y diferente que encuentra en el bosque un refugio donde es feliz, los traslada a décadas más tarde Inglaterra, donde consiguen tener una vida tranquila, hasta que un nuevo sobresalto desmonta la vida de Zofia.

Su hijo le desvela que comparte la vida con otro hombre. "Su hijo es su raíz, y ella tiene en su cabeza que se casará con una mujer y tendrá hijos. Ella está llena de prejuicios y de sueños, y será para ella muy difícil reconciliarse", afirma la también autora de "Del color de la leche", ganadora del Premio Libro del Año concedido con el Gremio de Libreros de Madrid en 2014, una obra que suma más de 25.000 ejemplares vendidos.

Pese al dramatismo del contexto, Leyshon reconoce que se trata de una novela "positiva" que se puso a escribir siempre pensando en la "calidad" de su trabajo, así como que todo lo que venga después es un "regalo".

Con un español que fluye conforme avanza la entrevista, la inglesa, sentada en un café madrileño, concluye la entrevista con un recuerdo que explica por qué habla nuestra lengua: "en 1987 vivimos en Madrid, en plena movida madrileña, enfrente de los amigos de Rossy de Palma, a los que nosotros llamábamos las mariposas, era como estar en el cine cuando los veíamos".

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